domingo, 27 de diciembre de 2015

- Mudanza -

A partir de hoy, sábado 26 de diciembre de 2015, este blog se muda a:

Libertad bajo Palabra

Gracias por su amable atención y sigan con sus cosas.

Adiós.

sábado, 26 de diciembre de 2015

Ciervos serenos

Vivía al borde de un nacimiento perpetuo.
Nunca luz bizarra, nunca ceguera transparente.
Sólo olfato nadando
grato y yuxtapuesto
en la llanura del sueño menos salvaje.
Y el olvido.

Sugería la receta y firmaba la pared
con el graffiti sonriente y desalmado.
(Abierto al público, cerrado al cielo cierto.)
Y la mentira.

Nunca lo decía, nunca.
Siempre lo negro y la voz del cuello
engarzada en las espinas.
El ombú sueña espinas,
se murmuraba entre dientes
de león.

El corral se enllamaba
cuando dos ciervos apagaron
la luz.

lunes, 12 de octubre de 2015

Que así sea

¿Cuántos han muerto equivocados?
Insistidos en su alma trompo.
Concéntrico juego de espejos
que estalla noche tras noche,
sin que nadie recoja los pedazos
cuando amanecen al fin las certezas.

¿Cuántos fuegos de plata negra
violaron miradas de seguridad imbatible
tornando la duda en tumor sosegado,
latente,
austero pero medible,
con toda facilidad,
en cualquier escala sísmica?

Y mueren equivocados.
El repique de los terrones,
lluvia seca y última que ya no ilumina,
desmiente toda tésis
hasta la carcajada más solitaria,
más insultante,
más fría,
que la propia piel
de sus creencias.

lunes, 9 de febrero de 2015

Crónicas de la Cúpula

I

La pequeña torre en forma de cúpula, con detalles varios entre lo barroco y lo añejo, de ese color verdeolvidado típico. Asoma entre los edificios que la rodean, que no son nuevos, pero están presentes. La cúpula no está presente. Es un recuerdo enclavado en el hoy real. Es un testimonio de que un recuerdo puede tener cuerpo y espacio fuera de su historia. Ser concreto. Materialmente está ahí, se puede ver y tocar, pero su estilo es tan distinto a lo que la rodea (encima, sobre, pegado, casi aplastando) que nítidamente se deforma como se deforma un recuerdo. Se diría que resiste, pero es mentira, porque no tiene a qué resistirse. Nadie la ataca. No está ahí. Cada edificio que la circunda está más preocupado por su propia vejez, por su acelerada enfermedad que se llama actualidad. 

Estos ventanales, cuatro consecutivos ocupando toda una pared, me traen esa imagen de recuerdo enclavado en presente, en un retazo oblicuo de ciudad que se embebe en metáforas desgastadas a través de los vidrios sucios. 

II

Hoy llueve y la cúpula cierra los parpados, soñando una ciudad que desgaja latidos en su memoria. Sólo en su memoria de paredes curvas. Esa sombría dimensión en la que nunca voy a entrar. Ni yo ni nadie. 

Dos pájaros en dos cables diferentes le dan la espalda. Vigilan que la lluvia no cese y que sus plumas no sequen su memoria de cielos encerrados en la cúpula de un huevo materno. Cúpula, pájaro y pájaro. Los tres en silencio pincelan el gris de la mañana en un lienzo que el tiempo les presta. 

III

Ahora un sólo pájaro queda. Encoge sus patas y descansa sobre el cable. (La cúpula envidia las patas y el descanso, desde su jerárquica arquitectura autista). Mira la ciudad que se extiende bajo su pico, ese sueño que su madre le borró de las alas para que pueda volar junto a la cúpula real. El verdeolvidado es tan igual al color interior de sus alas que acaba por lagrimear.

IV

El pájaro se fue. La última vez que no lo vi, dicen que lloraba de risa imaginando que era ciego y que conocía a la perfección el interior de mi ventanal y los rincones de mi encierro. La cúpula calla. Pero deja que el eco de sus curvas se vuelva cómplice de esas carcajadas. El último pájaro de los dos se fue. Los cables están vacíos. No lloran ni derriten plástico.

V

Volvió un pájaro. Le da la espalda a la cúpula y ella no se la acepta, soberbia en su verdolvidado eléctrico por la lluvia. Se limpia las plumas con el pico buscando un renacimiento en forma de viento azul. No quiere caer más. No quiere que la lluvia le arrase las alas de lágrimas ante la indiferencia. Mientras, ella empuja la tarde para que la noche de su interior se sienta cómplice. 

El pájaro vuela del cable. Ventana sola. Espera.

VI

Pájaro parapetado detrás del cable. La cúpula le miente que un cable puede esconderlo. Pero él es tan feliz en la inconciencia de creer que esconde sus alas del aire azul. Las ventanas redondas de la cúpula parpadean insensibles.

VII

Enero. Le convido un mate a la cúpula. Sonríe, mientras el sol le está maquillando el semicírculo del lado este. Hoy esperaba verla en el piso. Se lo digo, mientras pensaba en callarlo. Pero ella está embobada con su maquillador y me contesta que aún no han llegado los pájaros. Luego de un rato me pregunta (se pregunta) por el piso. Pero yo soy respetuoso con los terrores ajenos y le tejo sombras de ventanas ovales con argumentos de plumas en acordes de gris.

VIII

Diez aeme. Tres cables bailan por fuera de mis vidrios pero se burlan del viento. Son torpes. Apenas saben agitarse un poco. Temo que la cúpula repare en ellos. Me da vergüenza, porque ella sigue en estado de belleza, maquillada de sol por el este, y estos cables apenas si pueden exhibir alguna curva maltrecha, desgarbada, desairada de toda armonía.

Llevo la vista por detrás de ellos justo para ver a una ventana arrojarse al vacío a través de un hombre inmutable. 

No, pájaros aún no. 

Escucho en el satélite más próximo: "claro, para el cielo es fácil porque no tiene que andar recargando crédito, puede llover cuando quiera, incluso a larga distancia". Del otro lado suena una canción verde, ronroneando majestades de agua y mi mirada sigue en la ventana. Los cables ya no bailan. Un minuto de silencio por el movimiento que ha dejado de acaecer. 

Abajo, nueve pisos más abajo, en la carpintería de turno organizan el velorio de la ventana arrojada. 

Y no, me dicen que al vacío no lo van a invitar.

IX

Casi las once. Casi un equipo de fútbol. El maquillaje del sol debe ser a prueba de agua porque, a pesar de que no llueve, la cúpula tiene los triglicéridos de la vanidad altísimos, inflamada de brillo, con el ego barnizado de cielo marmóreo. Y no me mira. Ayer (todo lluvia, nube, barro y grisedad) me miraba. Me buscaba. Hoy, ni pájaros. Todo sol y cables. Si no fuera porque tengo los brazos cansados y el mate a punto de lavarse, montaría la luna sacándola de su órbita de caballeriza obcecada y arremetería contra la soberbia del sol, trayendo la noche en la mochila para que todos aprendan. 

Mentira, sólo para que la cúpula aprenda. ¿No hay más pájaros?

X

El vidrio del ventanal se sienta a mi lado. Le preocupa saber si se notan mucho las tres rajaduras que tiene. Sí, se notan. Incluso, cuando el sol les desafía el filo y los recorta contra el cielo, acaban por parecer una cordillera transparente con aires de neón. Pero para ella son las arrugas que identifican su vejez. Hoy, que es día de ventanas arrojadas, no le voy a decir nada. El sol ya no maquilla el este de la cúpula, ahora la baña por completo y ella duerme. En su interior hay un dios que se quedó a pasar la noche y ahora lee las escrituras pasa saber si aparece en algún capítulo. La cúpula desayunó con él temprano, antes del amanecer, y ahora la última media tostada se ilumina con el sol maquillador que se mete por la ventana redonda. El dios lee. La cúpula duerme. El vidrio regresa a la ventana, deprimido, viejo, rajado. No sabe lo lindo que es cuando se vuelve cordillera de neón. ¿Un mundo sin pájaros?

XI

Doce menos cinco. ¡Apenas como un rumor escapó un aleteo coordinando su vuelo con el parpadeo de mi mirada! El ventanal acomodó sus arrugas con mirada cómplice. Ya el mediodía puede partir el mundo al medio en paz.

XII

Cabe aclarar que el mundo se detuvo. Afuera todo está estático y la luz se puso de pie. No se escucha bailar a los cables. Quisiera poder decir que la cúpula está en el piso, pero cualquiera puede ver cómo se enrosca con el azul irrespetuoso del cielo. Un comunicado oficial da cuenta de pájaros atrincherados en el anonimato de un viento transparente. Se esperan novedades a la brevedad. 

XIII

Ahora oscureció.

XIV

Viernes. Pájaros. Los pájaros son viernes en vuelo. Y éste se mantiene sobre el cable como un miércoles de presente perfecto sin feriados. O como un puente labrado en hielo de océano. A o sea. O sea que el sol hace su mejor esfuerzo de las diez de la mañana para arrancar un aplauso del pájaro y nada. Abuchonado de espaldas a la cúpula, que cabecea en su asiento de subte. Se le hizo tarde esta mañana y ha dejado al edificio sin techo, sin terminación, sin fin. Miro y veo una cúpula, yo sé que no es ella, es un cartoon mal encuadrado. Su verdeolvidado original es imposible de falsificar. Viernes. Pájaro que vuela. Retornará más tarde. Porque de algo hay que morir, o volar.

XV

Cualquiera diría que es una nube. Yo sé que es humo disimulado que sale de la cúpula. Está quemando al dios por dentro, porque lo encontró decidiendo el destino del universo a escondidas con un GPS, y los gritos de "recalculando" no la dejaban dormir. El verdeolvidado disimula, pero el último pájaro vuela en círculos y me mira como quien sabe qué sabor tiene un grito en el cielo.

XVI

Ha pasado el mediodía. Una increíble masa de estómagos hacen digestión y, sin que ningún cable se agite de más, la cantidad de litros y litros de jugo gástrico no ahogan la ciudad por el sólo y piadoso hecho de aceptar vivir encerrados entre camisas y vestidos de ocasión. La cúpula aparenta tranquilidad y desapego al devenir histórico de todos los santos que marchan por la avenida. (Espíritus, son espíritus, me había dicho una vez, por eso nadie los huele.) Pero las ventanas redondas tienen contornos oscuros delineando los márgenes. Son lágrimas de sombra. La cúpula llora sombra. La miro como quien dice: nadie crema a un dios entre dos o tres tostadas y encara el día como si nada, como si el subte tardase o si los pájaros se pegaran el faltazo a sus cables. 

XVII

Apago la luz acá adentro. Callo al silencio. Cierro los párpados de la historia. Y me pongo a espiar por el ventanal, desde la nada. Lo sabía. La cúpula tiene el rímel corrido. Todos los circundantes edificios, malparidos malqueridos maltrechos malquiciados y en estado de ebriedad, carcajadean con sus paredes chorreando sol en la fiesta de la tarde. 

Y ella, sola. 

Pretende que la intimidad con unos gramos de cenizas de dios le bastan. Malentiende solar por solaz y soledad por sobriedad. Pero cuando el aire acondicionado azul que instalaron en el arco iris le confiesa que los pájaros, esos ausentes que le duelen, están colgando la piñata de la fiesta entre inflada e inflada de globos terráqueos, se quiebra en carraspeos de sombras que huelen a fastidio.

XVIII

Sábado que se llena de plumas. Pájaro ondulando sobre el cable. Una mecedora avícola. (¿Quién la aguanta hoy?) (¿Habrá visto cuando la fotografiaba?)

Los pájaros se alternan cruzando con líneas grises el cielo. Horror o placer, uno de ellos se sentó en la mecedora a mirarme por la ventana. Tengo su pico clavado en mi culpa y no puedo evitar sentir cómo el sol dibujado en plata le baña las alas plegadas. Dos aviones y cinco subtes de silencio me tuve que aguantar hasta que habló, haciendo ondas espiraladas en el vidrio líquido que no nos separa. Igual que la mañana. Quiere que no lo relacionen con la cúpula, que finalice toda mención a sus vuelos, que desvíen treinta y siete grados al oeste la trompa del satélite que, dice él, lo enfoca aletargado y, también según él, le perjudica el brillo de las plumas. "La radiación", me dice. "Está comprobado", agrega, moviendo el pico. Treinta y siete grados son muchos, y se lo digo, es casi fiebre. Pero cuando vuelvo a mirar el cable oscila vacío. La mirada de la cúpula es un riel de hierro verdeolvidado calando mi parietal como una sandía. Sin embargo no le hablo. Hoy es fotografía. Imagen, no palabra. El último día es de imagen.

XIX

La cúpula se levanta las solapas de sol. Es un sábado en el que pretende no ser protagonista, pero su vanidad le juega en contra. 

"¿Nunca te hablé de mi hermana?" 

Escucho, en medio de los cables, palabras como pelotitas de ping-pong rebotando contra las ventanas de ojos negros. 

"Está al lado mío, vive mi paralelo y, respetando la religión de la geometría, estamos destinadas a jamás tocarnos." 

Un pájaro pasa en medio de las dos, como subrayando ese aire que ninguna de las dos tocará en su vida. Mi ventanal sonríe con una mueca de desesperación, como si quisiera que yo entienda que él es parte de la misma religión geométrica. La cúpula se prende fuego, verdeolvidado enardecido que truena arañando el aire con estas llamaradas: "¡las ventanas son paredes mutantes que deforman la realidad!... ¡son unas obscenas que se dejan acariciar por las gotas de lluvia!... No sé qué decir y callo. El pájaro mediático regresa por su camino de ida y las palabras lo incendian, tornasolándole el vuelo y dejando una estela de humo color pluma en depresión religiosa. Quiero que suene el teléfono. La imagen es el último día.

miércoles, 13 de agosto de 2014

Plastificado sea tu nombre


La mujer sentada del lado de la ventanilla reza el rosario por un celular. Del otro lado de la línea, Dios coloca una frutilla sola en una vereda. 
El edificio antisísmico oscila cuarenta y ocho milímetros mientras el sol casi se hunde en la línea del horizonte, y dentro del pecho de la chica la respiración se entrecorta al ver la foto. 
Sálvame, seas quien seas, piensan en el fondo del pozo. 
La bandera no acaba nunca de ondear y él empieza a bajar de la montaña. 
"Luego de finalizar el Salve, oprima la tecla numeral para salir y enviar, u oprima la tecla asterisco al fin de cualquier Padrenuestro para salir sin enviar". 
Colgando del árbol de la vida, movida por la corriente del río debajo, la túnica a medio rasgar medita en flores por nacer para el día siguiente. 
Hunde las monedas en la ranura y su ansiedad estira las manos hacia el vaso blanco de café; lo mira como si por dentro lo recorriera el último milagro de la humanidad. 
Sálvame, aunque me lleve el pozo por alma, piensan sentados en la sala de espera, mientras la secretaria azul le marca el bajorrelieve rojo de su futuro al ajedrecista que sonríe. 
La pisada, a cuarenta y ocho milímetros de la frutilla sola en la vereda se finge apurada, pero sus bolsillos no flamean por el peso y él apenas piensa en llegar peinado al ascensor. 
Dientes. Muchos dientes. Hay miles de dientes humanos en ese pozo desenterrado y la mirada de ella semeja la transfiguración de una virgen, pero su compañera sólo medita en hacer un chiste sobre un odontólogo psicópata y apaga la linterna de su casco, dejando a oscuras la tapa de la Biblia que comienza a quemarse en silencio. 
La bandera se detiene y el sexo del viento frota su mástil, pero él calcula mal la piedra y quiere evitarle a sus oídos el sonido del hueso roto. 
La sala de espera se vacía y el ajedrecista ya no sonríe pero, con sus dedos manchados del futuro rojo de la secretaria, saca una tarjeta personal de su bolsillo que no flamea por el peso. Alcanza a ver su rostro reflejado en los cristales de cada ojo de ella. Está despeinado.
"El número solicitado está fuera del área de cobertura". Del otro lado de la línea, la túnica rasgada florece en frutillas de septiembre y el árbol de la vida tararea una de Elvis sin saberse la letra del todo. 
Apura el último trago de café y mira el fondo del vaso blanco: la borra delinea la forma del edificio antisísmico cuarenta y ocho minutos antes del derrumbe. Pero la chica aprieta la foto ahora contra su pecho bañado en arritmia y él deja el vaso en el cesto de basura de la estación. 
Llenan el balde con dientes, muchos dientes, todos dientes humanos, y su compañera imagina un cine con un balde de pochoclos en su falda, mientras en la oscuridad de la sala la Biblia sigue ardiendo en el fondo. 
La bandera reza, plegada al mástil, un hastío de nieves eternas, pero él sabe que eso blanco que sobresale de su pierna es el fémur y que ya no saldrá más de allí. 
"Sálvame, lo quieras o no", dice la tarjeta del ajedrecista y la secretaria siente derretirse todos los cristales del pasado. Odia la sala de espera vacía como odia el sonido del torno del odontólogo erizándole el vello de la nuca cuando está en ayunas. 
"El número solicitado no corresponde a un abonado en servicio". La mujer se levanta, olvida la ventanilla y toca el timbre para bajar.
Dios guarda la túnica ya deshilachada.
Apaga el árbol de la vida sonriéndole a la última luciérnaga.
Vacía el balde de dientes y guarda el río adentro.
En la Biblia, ya el Apocalipsis se está quemando.

martes, 27 de agosto de 2013

La genética de tus brazos

Desmembrando noches como inciensos paridos al sol,
ocultos en aroma y color por la tormenta más rubia de todas,
la desangelada de pesares,
la flambeada en los cierres de temporada,
la occisa asombrada de amaneceres gitanos.

Vas a tener frío en la enredadera genética de tus brazos.
Olvidar cómo giran los deseos en cada semáforo roto.
Vas a grabar las voces en fanfarria de todos tus muertos.
Sanar como último recurso para evitar reencarnar en fuego.
Vas a plegar las olas de tus ojos en un sueño de acero tibio.
Conformar arquitectura de olvidos en tazas de café frías.
Vas a subir escaleras que caen al regazo de una madre breve.
Destruir el tejido óseo de una mirada inflamada de silencio.
Vas a respetar la muerte en una cena de egresados simbióticos.

Dulce corral de colores hastiados,
hasta el cuero deforme de tu sangre encrespa
la latitud yerma del pasado, borroneado en sillones ahora vacíos.
Semblantes cerrados.
Inciensos copulando nubes.
Oxígeno desangelado de futuro.

Y todo el río de sangre sin alma
que se acuesta conmigo en cada noche
a vigilar que la fiebre nunca baje.

domingo, 25 de agosto de 2013

El sueño de las Magnolias

Amanezco en el Jardín del Edén.
Un horror de verde en manto,
me cubre los senderos hacia el abismo del deseo.
Magnolias que recitan sonetos ebrias
se clavan en mi espalda,
haciendo de mis vértebras un condominio
por donde pasean la amistad con Cronos
de sus tallos.
Cada pétalo llega a horario
al servicio de sonrisas,
transfusión de sangre filtrada en vino,
estío de plumas que desmayan aires
en toda ocasión de azul cuento.
El árbol de la vida acusa churros
rellenos con dulce de leche,
en ramas de impertinencia que exasperan
al ángel de la clonación a sueldo.
Furia de ángeles. Churros al viento y niebla dulce,
con leche de melancolía que trae
vacas espantadas de karma en formato
sachet sacro.
Eva cuelga la ropa de sus ramas
y escurre el vacío de sus senos,
en pezones que silban tormentas añejas,
recordadas en el frío de la nieve subconsciente.
Antes de nacer al grito montado en río,
tres cabras ayunas de ojos fríos,
ciegas de mirar clamando,
desarman en tornillos color hueso
el puente color yeso
de la aurora color hijo.
Nacen desolando la noche de fuegos,
con asomo a salmo sincopado de infantas en celo.
Viejo el Dios, cansado de jugar con genes,
apaga el sol de alumbrado público
y recuesta universos troquelados en hilo de noche.
Las magnolias sueñan frío en mi espalda.
Y la veo llegar.


martes, 20 de agosto de 2013

Apenas

Restos golpean contras las piedras. Maderas podridas, astilladas, quebradas. Las olas las empujan sin ganas contra el borde de rocas. El sol arriba, ajeno a la nostalgia esa de lo que fue una construcción. Nadie mira. Nadie sabe. Todo es desierto. La voz de las olas, monótona, impecable en su ética de confesar todo lo arrastrado, sisea en el viento. Concesión perdida de sonidos que nadie escucha. Pérdida furiosa de tiempos y olvidos. Maderas amnésicas de árboles. Costa ciega. Pájaros sordos que no se detienen. Rocas mudas en un eterno encogerse de hombros. El sol arriba, tajea el cielo para otros. Otros seres. Otros mundos. Otros días.
Y todo eso por dentro.
Apenas todo eso.
Restos.

martes, 13 de agosto de 2013

Sueño torpe

Imagino la parte más hostil de mi cerebro
como un campo sembrado
de agujas
por la acupuntura desquiciada
que pretende una cura
donde sólo hay un sueño torpe.


Si despierto, no duele.
Si duermo,
la sombra de cada aguja
deforma renglones en donde
se van descubriendo todas las palabras
que alguna vez,
en el más infinito y erótico silencio,
me supiste decir.

sábado, 3 de agosto de 2013

El fuego de los ojos en sueño

Vení pronto,
urgente, volando,
vení ya mismo,
vení corriendo
a través de las llamas,
arrastrando el tiempo,
vení por sobre todo,
perforá las nubes,
licuá el cielo con las uñas,
soplá rutas con dientes apretados,
vení en olas salvajes,
vení tornando lunas en balas,
pero vení,
urgente,
vení montada en gritos de hielo,
pero vení,
vení a morder el tiempo cocido,
lo dejamos en horno de sangres
envenenadas de alegría hasta el latido,
surtidor de deseos más grandes
que nuestras pieles juntas,
porque siempre juntas
y sólo juntas
se pudieron medir,
entonces vení,
con la desesperación de la tormenta,
con el fuego de los ojos en sueño,
pero vos vení.

miércoles, 31 de julio de 2013

A mi Reina Maga

Todos guardan un muerto en el ropero.
Hay quienes guardan cadáveres
de insectos,
en roperos blandos, ingenuos.
Hay quienes guardan verdaderos
dioses asesinados,
en roperos que arden
llamas abajo de la conciencia.
Yo maté a mi Reina Maga,
la que estaba destinada
a salvar mi alma.
Hoy mi ropero se derrite,
dejando sólo los huesos
que intentan sonreirle
a una existencia
que parece
absurda.

jueves, 27 de junio de 2013

Lo que salva

Somos tan poco.
Tan nada.
Podemos ver un átomo, pero no un alma.
Podemos usar toda nuestra vida para viajar,
y no llegar ni al sol.
Podemos usar todas nuestras palabras,
y no despertar una sola mirada.
Somos un equívoco
que no molesta
demasiado.
Sólo nos salvan, claro,
las historias de amor.

miércoles, 30 de enero de 2013

La imprudencia del un sol en bruto

Tic.
Los ojos no olvidan.
Tac.
En sinceras astronomías de pan casero.
Tic.
¿Te lavaste los dientes?
Tac.
Siempre universos usados.
Tic.
Se enreda desesperando oxígeno como matambre de fin de semana. Corro ensaladeras que miran aleladas sobre el asiento delantero y beso esos ojos. Un pie sobre el vidrio. Los ojos vuelan como tardes de otoño sin almíbar. 
Tac.
Lápices de colores entre truenos. Colores entre lluvias. Lápices con esos olores a lápices barnizando el recuerdo en las manos. Siempre reversos usados. ¿Qué esperás lograr por haber puesto tus pañuelos al horno? No puede parar de llover nunca más. Piernas sobre una mesa. Servilletas en forma de Urano formando coros de deleite en las rodillas.
Tic.
Mueve.
Tac. 
Sinfonía no hay más gritos.
Tic. 
¿Podés acostar a la desazón, contarle el cuento de las Tristes Tres Marías y decirle hasta Mariana? Y cuando vuelva Mariana de inflar las nubes de la noche sobre el golfo, le voy a pedir que me ayude a doblar las servilletas en forma de Urano. Ella tiene un origami de cosmogonía afantasmada que acaba por hacer flotar la mesa.
Tac.
Y las piernas sobre la mesa en el aire.
Tic.
Una sed adelante del toro.
Tac. 
Pasando por la estación de Montreal, un ciego conversa música en piano de braille con Mariana, mientras ella pinta con lápices de colores el techo acaramelado de rojo sol. Mueve grillos en las vías que espantan al tren hasta el descarrile. Mariana y el ciego ríen a carcajadas (a ella se le caen dos lápices). La locomotora sufre un ataque de pánico. Los rieles quieren temblar pero las piernas están sobre la mesa y los dejan inmóviles.
Tic.
Deberías sacar los pañuelos del horno.
Tac.
- No hay nada peor que un grillo ignorante de su insignificancia, dijiste mientras lavabas las ensaladeras. Desde el asiento delantero del Fausto sólo me queda la utopía de que las piernas dejen de volar. 
Tic. 
Todas las sales de todas las lágrimas de todos los recuerdos de cada llorada, cocidos al horno y servidos en pañuelos púrpuras (lápices de colores se quiebran y sangran), en gran convite de exorcismos, para que la sed del toro desarme su prestancia. Y los grillos se sientan a la mesa. "- ¡Hoy cenamos recuerdos!..."
Tac.
Mariana mece a la locomotora entre sus brazos, mientras el ciego canturrea entre dientes "música de rieles, saxo a vapor...", le dice alegre mientras le pasa el pancito al último jugo de la última ensaladera.
Tic.
Y le dice para impresionarla: - Nunca un grillo se ahogó en una lluvia... sabemos flotar. Y ella: - ¿Pero sabés atragantarte con lápices de colores y cantar con forma de arco iris?... Entonces el grillo piensa en ese momento cuánto más fácil es asustar locomotoras hasta el descarrile. 
Tac.
Semblanza al tacto.
Tic. 
Arranco mi Fausto y enlazo al pasar, con hilo delantal, las piernas que flotan, ahora barrilete, ahora cometa, ahora meteorito, ahora noticia catástrofe, ahora desastre ambiental. Mi Fausto en la ruta y el hilo flameando que se pierde en los cielos. 
Tac.
El ciego cierra la estación, arropa a Mariana que dormita junto a Urano y le dice a los grillos que no lloren como todas las noches por el miedo a la lluvia, que nunca ha llovido dentro de un subterráneo.
Tic.
Mañana habrá que sacarle punta al último lápiz (nunca se sabe).
Tac. 
A mi Fausto se lo traga el horizonte. Digestión metafísica.
Tic.
Un pie al lado del otro.

sábado, 12 de enero de 2013

Las amenazas más felices

vértigo de poros lloviendo como pelotas llenas de ojos desvestidos en paranoias acoloradas de ar cosiris /
poros que rebotan tierra en agua sobre fuegos en sonidos generados /
acalambre de plasmas en viejas atrofias empalidecidas de semillasojos /
tuertos pasados ciegos futuros y de la mano entonces,
de la mano vámonos por la rutartera cambiadesignios cantandole a los poros en lluvia /
asfalto paranoico engrisa su estómago / tose / trágase la lenguapuente y
duerme rocíos deshielos de guiños rojos en autos fugitivos

poros como pelotas llenas de ojos caen
alrededor /
el trueno ahí enfrente, subraya nuestro beso /
paranoia como adrenalina
nos viste de colores

miércoles, 7 de noviembre de 2012

Reparando los Sueños de Ob Núbile

Se cae.
Se cae de los cielos.
Se viene en algarábica bandada de globos rojos con sol por todo aire.
Se desparrama entre abrazos de nubes granizando huesos entre silbidos tangueros.
Se abre de ojos al mar mientras llena sus venas de espuma teñida de cantos y soñada de deseos.
Se cae.
Se estrella.
Se multiplica en miles de millones de atardeceres del dios naranja con sabor ocaso.
Se divide en un valseado ritmo de cadencia veraniega.
Se termina.
Se levanta.
Un párpado.
Un aleph por cada poro.
Un monosílabo en cada átomo de alma.
Se vuela arrrastrando acantilados de destierro en una cremallera chantilly que cierra el día por detrás.
Se entiende.
Se extiende.
Se redibuja al carbón en lienzo de primavera en lluvia ciega.
Se borra en borrador, se plasma al óleo y al voleo en rompecabezas de cristales flotando en densidad.
Se corre.
Se desdice de sus intestinos en dieta hilarante de laxante obsesión de esteta ebrio en sillón caliente.
Se cae.
Se lastima.
Se consuela en rodillas abrazadas rasadas esperadas en una panadería de tarde tibia, curas con pan caliente y pan rallado por todo remedio.
Se tira al vacío.
Se vacía en tiras.
Se ocasa.
Se eterna.
Se acaba en nunca y se gira en cuellos de terciopelo opaco para acariciar el aire amado, vivo y perpetuo.
Se siente y se miente tibio y soñado, vengado, milonguero y fatal.

jueves, 11 de octubre de 2012

Hoy


Celebrar / lo que falte / lo que aún no llega / lo que alcance /
lo que no se resigne / lo que abraza /
lo que contenta / lo que desarma / lo que ilumina /
Celebrar /
el azul de una rima en voz de estancia calma /
el frío de una noche arropada /
el dorar de una piel en dos miradas /
el sagrado deambular por recuerdos en jirones /
Celebrar /
anunciando en trueno de silencio las lluvias tranquilas /
renunciando al hastío envenenado de pasado /
provocando futuros como juegos de sol en jardines tibios /
Celebrar / la risa / el canto / la humorada / la luz /
lo florecido en verde tiempo de cristales en rocío /
los juegos del olvido en simple clave de cicatriz amiga /
en suma fiel de amada compañía /
en cielo abierto de caricia compartida /
Celebrar / siempre / donde / eterno / todo /
en vientres y en llanuras / labios y desiertos /
fundando ríos de lava mirada abajo
y conquistando cuanta luna caiga a tiro de sonrisa /
Celebrar / mi vida / mi cielo / mi amada / mi despertar / mi amor /
mi receta perdida y mi recuerdo desenterrado
de este futuro entonado en clave del sin dolor /
Celebrar / el pan / el vino /
la misa como fiesta de ángeles ebrios /
como sinfonía de alegría despierta /
el rito como la mesa dispuesta en nuestras miradas más salvajes /
Celebrar / una vida / dos ganas / mil deseos /
Celebrar / te

martes, 19 de junio de 2012

Descremando los sueños de Ob Núbile


se clava
se bisela
se redondea
se ahueca
se exalta
se deja erigir perpetuo
se fuma en infinito de luces
se grita
se abyecta
se advierte
se adiosa en brevedad de perturbe cosido de aboliciones
se postra
se desayuna
se hierve entero descremando los sueños de Ob Núbile
se retorna
se acuesta
se desmadra
se bocina con carcajadas códigos de barra ofertas sólo por hoy
se infierna y se asillona frente al telesición que parpafritea
se empadrona
se cruza
se destila en álbumes de familia oxidados
se apanteona, se anicha, se atierra, se aflora y se santigua
se disculpa
se llora
se estornuda
se apañuela
se ríe / se asusta / se ríe / se asusta / se mira al espejo
se extorsiona arreligionando pupilas con alfileres noticieros
se infecta olvidos gangrenando sonrisaledades
se va
de sí, sismo prosaico en el níveo duelo
de tí, mismo arcaico y sugerido suelo
del fin, abismo errado, vendido y sin dueño

lunes, 14 de mayo de 2012

Memoria en Viaje


A veces cortaba pedazos de almíbar
para igualar las lunas de breteles innegados.
Sentaba hilos de jíbaros,
derrapados en imágenes de televisión incuestionable.
Surcando paladares en favor de un dulce trueno,
ahogaba desilusiones atravesando
los espejos tibios de la mentira.
(Ahondando el tránsito del helado malabar,
jugaban dioses en jardines de nieve y miel.
Llorando en soles y destapando orquídeas,
evanescían el tráfico desquiciado de una vía
láctea de iluminación enverbenada.)

A veces sonreía desde el fondo del silencio,
arremangando las lluvias de la medianoche
y aguantando la respiración
para no mojarme.
(Simplificando el olvido en los caminos,
atravesaba todas las lluvias de azúcar ardiente
recapítulando densidad y vendiendo la esencia,
cumbre obra de la turbación,
en trazo final
de espanto y orquesta.)

miércoles, 9 de mayo de 2012

Fusión


Cielos equiláteros de sabores ensamblados,
lucesvoz enhiesta celebración en clave de ser,
derruídos miedos subterpentean hondos ciegos,
vibraciones abreflores rocíocircundantes al hoy.

Dientes placerpieles surfean sonidos gritos, mas
en fuente serpentina besosmiel desmayan hitos.
Gloria locura de libertasombras sueltas de nos.
Arropo blancoviento de dulzura en vos mayor.

lunes, 7 de mayo de 2012

Las silentes carrocerías enquistadas en sus pareceres


Cambiando sus íntimos derroteros y sus acalambrados juegos de otoño.
Quiero vivir en otoño. Un dorado de aire siempre final.
Quiero sumar fieras oscuras a mi amarillo aislamiento.
Quiero soltar las olas de espuma de la mano de un ciego que sonríe.

Puedo viajar sin tiempo, sin camino, sin ruta.
Aparecer en una mañana como si no hubiese atravesado el ayer.
(Me pregunto qué dibujan las rutas mientras dormimos.)
Se acomoda el universo a nuestro rumbo. Sin muchas certezas.
Cuando el ayer de las valijas llega al futuro del descenso,
nada parece ser
lo que fue guardado alguna vez
en el ascenso.
El aire nuevo (que se nos enrosca en el cuello) quiere ser el mismo,
pero nuestro cuello no lo es. Y lo mira. Ha viajado dibujos dormidos.
La noche no tiene color.
Las miradas son negras.
Y las estrellas,
milagros demasiado altos.

- No te bajes antes de tiempo. Es como faltarle el respeto a un sueño blanco.

Las ruedas son mentiras. Ojos descarnados las luces, viajan más allá.
Toda luz está por delante de nuestros deseos. Y nunca vuelve su brillo atrás.
Las ruedas son mentiras enloquecidas sobre dibujos de colores derrapados.
Nuestras luces dormitan. Deseos en brillo de verde fosforescente delinean
un amanecer que intuímos superpoblado de sueños ajenos.
Y bajamos, buscando el nuestro.
Y las ruedas nos sonríen cansadas. Siempre cansadas.
No preguntan nada. Ni lo saben todo.
Ven nuestras espaldas irse nadando en busca del aire que soñamos.
Sonríen cansadas, tan seguras de sus mentiras que dan envidia.
Sonreímos cansados, tan seguros de nuestro sueño blanco.

Quiero vivir un dorado otoño,
y soltar a las fieras oscuras sobre un mantel de humo espeso.
(Necesitar fuegos blancos entre hipnotismos rojos me aleja de las viejas casas ardientes.)

domingo, 12 de febrero de 2012

Libro / Réquiem

Sigo con la mirada clavada enfrente.
Adelante.
Como la mira de un arma de fuego.
Sin balas.
Con fuego.


Deliciosa oportunidad de volver la vida un festejo.
Hojas desenmarañadas que acosan al libro del pasado,
índices rebelados que yerran direcciones,
a propósito,
entre risas,
ocupados en delirar tiempos y espacios,
rellenos de citas a futuro, páginas indelebles,
corsos a contramano por la avenida
del olvido.

Campos de pieles sembrados,
y cosechas a la espera.
Intactas e invictas insolencias,
se ríen del miedo que vive solo
en el siempre futuro errante.
Canibalismo de la otra orilla,
derechos sinuosos a admitir
que la tierra gira aún,
a pesar,
a favor,
a recibo.
A cuenta y riesgo del donante,
vierta felicidad por todo concepto
y requiebre de cuajo
toda su apatía estacionada calcinada amortizada,
y debida
mente
inventariada a través de los siglos esmerilados
en bermellón húmedo
(por no decir sangre sin tiempo)
y escasa
mente
soportada a través de las tardes sombreadas
en gris estúpido
(por no decir nombres sin vuelos)

Entonces veo arder las páginas impares
del libro,
veo mares desesperados en las pares
que apagan llamas
buscando el equilibrio neutrospectivo,
santo grial de la mentira espantada de lunas plenas,
inquisición en desbande de memoria violada.
Abismo en mi la furia más salvajestoica
y libro equilibrio se vuelve tan pasado
como sus hojas
sin recompensas,
sin eutanasias
de editoriales minúsculas, sádicas, llagadas
de gélidas miradas suplicantes de olvido.

Deliciosa concreción de la vida como festejo.
(barrer cenizas de libro antes de acostarse)
Deliciosa comunión de arena en olas encrespadas.
(recordar olvidar con prolijidad antes de amanecer)
Deliciosa satisfacción de encuentro con sabor a danza ciega.
(recorrer pieles a discreción antes de fundirse en un solo,
único
y
maravilloso
futuro)

sábado, 3 de diciembre de 2011

Inversión

Cumplimos tu deseo.
Invertir la fórmula final.
Liberamos tu cuerpo
y enterramos tu espíritu.

Ahora veo a un ángel salvaje
desgarrar y masticar tu carne
y mancharse sus alas blancas
con tu sangre roja y caliente.

Cumplimos tu deseo.
Descansa tu espíritu bajo tierra.
Veo al ángel masticarte
y tus flores son sólo sombras.

martes, 27 de septiembre de 2011

La Balada de Mer Gintangí


(o cómo tunear unas medias negras hasta volverlas un aleph de bolsillo)

Texto creado por Cariátide y V. Onoff


Te digiero arrasando lágrimas.
Sos lecho todo alrededor, sobres en el piso, ya lo largo, lo ancho, lo mar de volutas como droga de sed y de mentas me olvido de sazón al llagar en silencio, toque tu voz y de gala aguanto donde esquila asible, de lisa rodable y su Mer Gintangí viciado, tomando sigilos de Toulouse en piojos de lata y rapeles corno fechas. En ser puente ando moraleja y tu misil nones en dual, quiera dormida anula gime de espanto, ¡man, te han castrado!, cánico, en pociones de cavar y pintar en paredes espalda de ciertas rectas las formas de sumisas sales riendo por la esperanza, hiel con suelo, que verdines húmeros de sexo ocurras y frenos o través, ex presiones de cavar y sangre se aliviará la reseña junco atrás, amores de oído, te hielas, noche que peña pena adentro de uno y hundía de sol compacto y recio de tunas rezado, cal entre mi arte de pena entrar a tus mojos volando la misha de ese grillo que aspa mil leguas, cité acá ripio pupila almendro, fiera de tu alcance y conocido el vino, ando caracoles (tres pares por venta de maneras, negra).
Rojo de cierto. Rojo pena. Mojo mirada. Raja sien. Rozo boca devorando albor mientas tu misa me ella cura todos los entes en mi siempre, medios negros que quisiste desnudos para partir un mazo que mordió la cama que detiene al árbol. Y ahora carne me entras, me dirás, y me son veces que te dueño y que no es un traje, no un olvido redento y rasgado, amar de sol hechas a duras rimas al ras de la nada.

Descreído del desastre y encrespado morbo erecto con mazo mordido. Árbol detenido y sol naciente, dije, que tu vos no aturde (y no la azetees porque sonás a silencio) cual tunas rezando, cual vulva latiendo en simposio de tristes escayolas, en algoritmos de seno y coseno virgen.
Cianótica paradoja escapada regurgitando semillas de celo tibio. Calzado de hierba. Pie de manzana. Justificación autóctona de rutas híbridas que aplastan, como sapos del atardecer, todos los sigilos de Toulouse, todas las ilustraciones de Larousse. Manzana de luz escanciada en útero de sal. Te veo y no puedo creerlo, aunque saberlo es merecerlo sin tortura, sin entradas de carne por dentro y gritos por fuera. Porque sos lecho todo alrededor y sos una saliva ahumada que me inciensa el estómago definitivo, el de rumiar la meretriz de tu palabra despedida:

puta acabada en ruta deshojada 
de invierno amargo, de camión arrasada 
de grillo soberbio de canto rodado 
en tus cantos sobados 
de puta en celo raso. 

Y al llegar olvido. Peaje. Ticket. Escupir el primer mate.
¿Lloraste alguna vez ardiendo en la lluvia?

Me desleía el sastre cada sorbo electo amasando, urdiendo sobre algo tenido y son y siete dijes que tu tos acepte para el torque y el porque del as de la simiente. A tunas rezado y con tu mazo dando, latir sin ocio seco, ritmo de algo que, en pecho y cohecho, turgen cianópticas para dos espadas que, hurgando demencias de reloj cúbico y cansado de yerba con piel manzana, justo acciona (autónomo de lutos frígios que arrastran trapos del atar y ser de todo silogismo tu luz) tu ilustre mañana de rouge descansada en un último tebeo (y no aprendo).
Crece. Aunque beberlo es someterlo sin montura siniestrada. La carne del centro y centroforward que gritan, porque sos techo todo alrededor y sos una sativa humeante que me ciencia lo malo en infinitivo, el de arrumbar el mar en trizas en palabras pedidas, fruta arrancada a punta de hoja, puto invierno mago el envión que amasa de brillo sobre el bio de tu santo robado y tu tanto rodado, sobrado de putas en tu cielo ocaso y, a pesar del olivo, viaje, rimmel, esculpir el primer catre.
Empapé a la duna hirviente hasta hacerla estallar.

Recé en el monte de los olilvos hasta que las tunas lograron amasar (autónomo rumiar de mudas álgebras en tus sillas). Nunca fui el esperado desequilibrio del lecho, que alrededor del todo baila-canta-danza-salta-hierve por tu espalda iridiscente de dorados esteros.
¿Dónde te fusilaste ultimamente que no te veo más balas en la mirada?
¿Dónde hilvanaste la punta de cada hoja con esa compota de puta arrancada?
Exprimir el cielo con colorantes de uso permitido. Sacar las ollas del fuego a la par que vaciás la pileta y tu pie se enrieda en mi techo de bizcochuelo de limón.
Vas a arruinarlo todo, Mer, vas a llevar a un muelle tus alhajas de telgopor y vas a desafiar al viento con tus ideas llenas de caries. Ya no soy más la fiera de tu alcance soñado y tenés que saber que el sastre era analfabeto por parte de loro. No te rías, Mer. No te rías más así, sin montura.
¡Luz!... ¡Luz!... ¡Luz!... ¡Luz!... ¡Luz!... ¡Luz!... ¡dame toda la luz de una sola vez y montame en tu rouge cianóptico hasta que me desangre en llamas. ¿O no lo ves?

Crece en el monte de los ombligos la runa que logró pasar. Autópata en un mar de puras ánimas y millas busca, en el raspado desdén, equilibrio de helecho que almidona el todo va, todo da, todo sal por tu helada indecente de morados letreros.
Mándeme el fusil para ultimarme que no creo más en calas demoradas. Mándeme el detonante de la fusta que cada rosa se comporta como puta arrastrada.
Eximir del suelo al gigante en desuso. Secar las olas en fuego a la mar que vareás la ruleta. Y tu fe se me entela en el nicho de cielo sabor a millón, vaso arruinado y todo. Me voy a elevar del mueble, (tus ventajas de tela y sopor) y te voy a desdentar el siento con mis serias penas de carne. Ya no voy a la feria de tu calce armado, así volvés del saber, de quemarteme en alfa y betas y en partes del todo.
No delires, pez, tonterías más de tu factura.
Pus, pus, pus, pulsame la puta pus de luna una única vez y contame del mousse óptico hasta que se me desgane el alma.

Yo sabré ronronear pasándome la runa por mis olivos, por tus entelados nichos, por cada rosa de sal marina para todo consumo humano, dice Mer, mientras mastica luces arruinandolo todo, apagándolo todo, ruleteando escaceces a pura alhaja escupida.
¡Sobre la tía!, grita, ¡sobre la tía!, ruge ronroneando Mer, mientras me quema sin sonrisas con aspirinas en desuso.
Yo sable, yo herida, yo fusil, dicen los ecos que toda alfombra le ensarta en cada hoja de cada puta con botas. Aclamo tus lutos frigios, aprendo tus tebeos rosados, dejo de respirar tus leños al caer la noche y te veo enroscado.
Para dormir ya.
Para mi.
Desdobla mi corazón en cuatro y lo calca al grafito mientras la aorta le chorrea helado de limón, bizcochuelo que disimula sus frambuesas con mis coágulos más queridos. Ya no sabré escuchar tus ladridos sin dormirme en los ocasos de esas calas demoradas. ¡Ay!... regarlas con mi plasma y abonarla con mis glóbulos no le devolverá la letras a tu sastre analfabeto. ¡Ya!, ¡corre por las rimas de bacalao, que acaba de sonar el olímpico disparo y nos vamos a una tanda!...
¿Lloraste alguna vez al presenciar tu autopsia?
¿Miento si miro tu garganta y sospecho de tu escudo?
Yo sabré acomodar cada silo de granos. Cada grano con pus. Cada gota de luz. Cada yo. ¿Cada cuánto vas al pueblo?, quiero saber para pedirte una vieja colina de anís, quiero saber porque será la última estrella que acostaré a mi lado, dijo Mer, antes de cargar el fusil con sus seis dedos índices.

Porque una cosa es disparar,
se,
y otra otra muy distinta es no saber,
se,
en qué página uno caerá,
escrito.

No cabe el ruido ni cabré en la laguna el domingo, ni en tus entredichos sobre cada cosa de mala madre o de humo en mano. El mar miente mástiles cruces y la laguna, la laguna se ahoga, es rulemán descalzo, una hija engrupida.
Obra sobre la mía. Latía y ahora se hunde en Mer, que se queda que se risa que se aspira toda en el humo. Endiosable ella, creída, imbécil, dicen ahora los ecos. Que toma formas de carta cada hoja que depura y explota. Al cabo disfruto, finjo, prendido a tus besos arados, tejo el explorar con el ceño de la noche al lado.
Ara dormida.
Para mí.
Se dobla la sazón sobre el cuarto y en la sala el rito se acorta a la hora del postre consuelo sin azúcar en la boca como amarga la lengua temida. Ya no cabe el luchar contra el vidrio sin hundirme en los vasos de unas damas sin morada. Preñarlas en cambio si con mi asma y abandonarlas con los lobeznos vayan detrás del hombre alfabeto. ¡Ya borré las cimas, acabado. Alcanzaba con soñar con el pico y sin embargo la subimos arrastrando...

Depararás nieblas oscuras. Depravarás los mares que se doblan ante tu hazaña. Dormirás despertando la locura de señas amargas en cimas de asco velado. Viento de sal metalizado en tus entrañas, que usa las noticias del día esacapando de la asfixia suburbana, endiosada, lenta y fugaz, balde de pintura deshojado sobre tu lengua para volver palabras invisibles de inservible compostura.
Yo te abyecto. Te supuro en ruinas de peces de delirio dorado. Vamos a cocinar por la noche un futuro desalentador para servir pocillos de orgasmo inmediato. Y verte brillar cuando amanece. Despierta y en pie mientras desangras cada hilo de pasado sobre mi tumba revuelta.
¿Llevás flores a cada descomposición sólo por esa ceguera?
El sol en lo alto y la puta arrastrada lejos de la cima. Ambos mirando la estela de sangre y siguiendo su pista de almizcle dulzón. Mer inclina la cabeza a Venus y su lengua abraza piedras rodando cantos. Tomando el mazo partido llevo el morbo erecto hasta el cráter de tu desánimo, tratando de hundir en forma infinita cada pétalo de sol varado en tu vientre.
¡Fuera del camino!... el fin llega a su rito.
La cena está servida.

Desparramada la clara de nieve ocupa y derrama los moldes que te pueblan de noche el mirar desesperado, la amargura mansa, metáfora feroz de un Dios congelado. Viniendo de vos, las mañas, las minutas de caricias se espantan como hermanas que en dos camas llaman a la menta, haga de montura al desbocado sueño que tu lengua ha de volver  y borrar lo divisible en hermosura.
Y el sopor de lo puro a veces, impuro a ratos. Tenerte de pie, amar de a uno tus desiertos y sentir el frío bocado del diablo. Y verte brillar, también, cuando oscurece, de niebla o de pura sombra de anclas cada día un poco más hundidos bajo este sol de lejos.
¿Me das flores cada vez o solo cuando miro?
Con voz de mando te arrancaría lejos de la cama. Los dos cosidos a la tela, sábana de sangre y mintiendo una risa que dice ¿viste, Mer, la cima? ¿Trataste, Mer? ¿Alcanza, Mer? Y vos mirás de costado mi  canto y resoplando das por perdido el partido y de un sorbo perfecto armás otro ánimo, otro tratado de cómo vivir cada segundo de sol, soldado, en mi mente.
¡Tanto camino!... para finalizarlo en un grito.

sábado, 17 de septiembre de 2011

Un puente labrado en hielo


Noche. Y la lluvia se acuesta en mis huesos.
Con un hermoso brillo, el empedrado de la calle me habla de magia y yo cruzo hasta tu puerta respirando la melancolía húmeda de una ciudad desganada.
Cruje el piso de madera. Hay oscuridades colgadas del pasillo que me van desnudando. El agua conversa tibiamente con el techo y sus años, abraza el piso luego, brilla sin ser vista, mira, muere, escapa levemente.
Paso por dos cuartos vacíos. Cosas olvidadas. Humedad. Llego al fondo del pasillo y la puerta entreabierta mira mi pelo mojado.
Entro. Mis pasos acompasan las goteras. En varios lugares el agua estalla contra el piso rítmicamente. Sentada contra la pared, tu piel blanca es un alivio desnudo para tanta oscura humedad. Tu cara cubierta por tus brazos y tu pelo por todo vestido.
Ruego por un tango, pero no hay banda de sonido. Ni viento. La noche es sólida aquí adentro. Y tu respiración.
- Acaba de irse Jesús.
Y tu voz ronca.
- ¿Qué te pidió?
- Agua
- ¿Y se la diste?
- Claro, es de él...
Nunca pude mirarte a los ojos sin sentir inquietud. No sólo son negros, son también exageradamente profundos. Y no es que me queje por caerme adentro, pero en verdad nunca supe que hay en tu fondo.
- ¿Nada más?
- Se fue. Me dijo que perdía el último tren a Madariaga si se demoraba.
- ¿Ahí está parando?
Siempre tuviste esa costumbre. En todo diálogo te salteás una frase. Siempre habrá una frase que no digas, una pregunta que no respondas. Es como una forma de dejar al otro con la idea de que algo de lo que está preguntando te resulta estúpido. Hace un tiempo odiaba eso. Ahora lo acepto como la lluvia. Como todo lo eterno.
- ¿No tenés frío?
No me importaba en verdad, pero quería una excusa para tocarte la piel.
- Sí. Pero no te  muevas. Y no hables.
Obedezco. El mundo sigue goteando. Ella respira en silencio, sin mirarme.
Escucho la puerta de entrada abrirse.
Ella alza la cabeza y me mira por primera vez. Sonríe.


- ¿Y tu ropa?
Ella se mira los brazos, como si no se hubiese dado cuenta de su desnudez.
- Ya hace demasiado tiempo que voy vestida de agua. Si me seco, me muero.
Recién veo la pared tras su espalda y el agua que baja por ella. Cómo se abraza a su piel y cómo se bifurca incontables veces recorriéndola. Sus pestañas como picos de estrellas. Sus hombros perlados. Su boca como una flor glacial enterrada en sangre.
- ¿No tenés frío?
Me imaginé abrazándola y secándola hasta su muerte blanca para satisfacer mi egoísmo azul.
- Soy el frío.
El mundo sigue goteando. Ella respira olas de humedad y mira a un horizonte desesperado.
Escucho la puerta de entrada abrirse.
Ella alza la cabeza y me doy cuenta de que no sabe pedir ayuda. 
Pasos en el pasillo, lentos.


- ¿Dónde queda Madariaga?
- A la vuelta de tu pene, pasando la placenta de tu madre, unas dos cuadras al norte dentro de tu semen.
- Uno de los pocos lugares adonde aún llegan los trenes...
- Y Jesús.
- ¿No tenés frío?
- Tocame...
Escucho la puerta de entrada abrirse.
Ella alza la cabeza y me acaricia el futuro con sus párpados. Cierra los ojos mientras suenan pasos en el pasillo, lentos.


- Soñé que estabas embarazada.
Tac... tac... tac... las goteras le ponen puntos suspensivos a mis frases.
- Te soñé parada en puntas de pie, como bailarina, en la baranda de un puente labrado en hielo. Y me mirabas esperando la orden para saltar.
Una sirena encrespada tajea la noche allí en la calle, más allá de nuestra ventana.
- Soñé que estabas embarazada y que te parías a vos misma. Por la noche me invitabas a cenar tu placenta y tu vos-hija se tomaba la teta a si misma. Los dos reíamos mucho mientras planeábamos nuestras vacaciones en Leningrado, en una casa de hielo que tu tío prometió inundar con agua tibia para que no sufras tanto. Dejabas de reir cuando me veías trenzarte un collar indio con los dientes que se te iban cayendo, congelados; yo te lo colocaba luego alrededor del cuello y vos acariciabas los dientes de a uno, con ese brillo blanco que ambos recordábamos tan bien.
- Dame la orden y salto.
- Dame el puente primero... y te abrazo.
Escucho la puerta de entrada abrirse. Los dos nos miramos pensando en la cantidad de noche y de agua que puede haberse colado desde afuera, por esa puerta, durante esos segundos. Poco falta para ahogarnos y ninguna puerta es piadosa. Suenan pasos en el pasillo, un oleaje sincero, lento y cálido.


- Es mi mamá.
La figura de la mujer alta y blanca, parada en la puerta del cuarto acalla el agua de la noche como un sol revelado en negativo. 
Sé que si dejo de mirarte puede que te vuelvas hielo de mujer y puede que el puente acabe por saltar dentro del negro de tus ojos. Pero la mujer me habla.
- Hablé con Jesús en la esquina, le pregunté por ella y me negó haberla visto. Le pregunté por el agua y me negó haberla tomado. Le pregunté por su piel blanca y me negó haberla tocado. Tres veces la negó y luego sonó un trueno lejano y pálido, como un tren que anuncia la partida. Jesús palideció y se escurrió en la noche. Vi su túnica amarillear bajó la llovizna encendida por las luces de la calle, flotando, huyendo, negando.
En otro cuarto de la casa el techo se desploma bajo el agua, litros de agua caen sobre el piso de madera y se vuelven hielo, hunden el piso y su brisa de glaciar nos llega erizándonos la piel.
- ¿No tenés frío?
En otro cuarto de la casa el granizo revienta las ventanas. Vidrio en cópula con hielo. Agua como sangre que desarma las maderas del piso. La casa sangra. Su piel de madera se retuerce sin gritos.
- Alzame. Llevame en tus brazos. Necesito escapar hasta el puente.
La mujer alta y blanca se desnuda en la puerta del cuarto. Veo los bloques de hielo avanzar por arriba de sus hombros mientras ella sonríe con gesto de hotel. Y nos dice.
- La casa de Leningrado está lista. Mi hermano acaba de inundarla en agua tibia para el parto.
Sus senos se van congelando y endureciendo, intenta sonreír y los dientes caen al piso, blancos y brillantes, sus ojos se cristalizan y estallan, los bloques de hielo derriban la puerta y la tapan.
- Es mi mamá.
Me lo decís mientras te alzo en mis brazos, con mucho cuidado de no secarte. Tu cuerpo se escurre por mi piel mientras escondés tu cabeza en mi hombro. Pienso en cómo salir del cuarto mientras el techo comienza a desplomarse bajo el hielo. Los pedazos de madera mojada me pegan en las piernas y rebotan contra las paredes. La pared acaba por caer y siento el agua rodeando mis rodillas. Tengo miedo de que te duermas antes de tiempo, pero el techo acaba de caer y el puente de hielo nace a nuestros pies, blanco, brillante y helado. 


- ¿Vas a subir?
- Voy a parir.
El tren abandona Madariaga y se hunde en el hielo de la noche. Pienso en Leningrado y en la leche helada de tus senos, mientras veo cómo tus piernas caminan hundiéndose en el hielo del puente. 
Antes de que termines de cruzar te das vuelta y me mirás a los ojos.
Desde allí.
Al fin entiendo qué hay en tu fondo.
Y al fin termino de caer.