(o cómo tunear unas medias negras hasta volverlas un
aleph de bolsillo)
Texto creado por Cariátide y V. Onoff
Te digiero arrasando
lágrimas.
Sos lecho todo
alrededor, sobres en el piso, ya lo largo, lo ancho, lo mar de volutas como
droga de sed y de mentas me olvido de sazón al llagar en silencio, toque tu voz
y de gala aguanto donde esquila asible, de lisa rodable y su Mer Gintangí
viciado, tomando sigilos de Toulouse en piojos de lata y rapeles corno fechas. En
ser puente ando moraleja y tu misil nones en dual, quiera dormida anula gime de
espanto, ¡man, te han castrado!,
cánico, en pociones de cavar y pintar en paredes espalda de ciertas rectas las
formas de sumisas sales riendo por la esperanza, hiel con suelo, que verdines
húmeros de sexo ocurras y frenos o través, ex presiones de cavar y sangre se
aliviará la reseña junco atrás, amores de oído, te hielas, noche que peña pena
adentro de uno y hundía de sol compacto y recio de tunas rezado, cal entre mi
arte de pena entrar a tus mojos volando la misha de ese grillo que aspa mil
leguas, cité acá ripio pupila almendro, fiera de tu alcance y conocido el vino,
ando caracoles (tres pares por venta de maneras, negra).
Rojo de cierto. Rojo
pena. Mojo mirada. Raja sien. Rozo boca devorando albor mientas tu misa me ella
cura todos los entes en mi siempre, medios negros que quisiste desnudos para
partir un mazo que mordió la cama que detiene al árbol. Y ahora carne me entras, me dirás, y me son veces que te dueño y que
no es un traje, no un olvido redento y rasgado, amar de sol hechas a duras
rimas al ras de la nada.
Descreído del desastre
y encrespado morbo erecto con mazo mordido. Árbol detenido y sol naciente,
dije, que tu vos no aturde (y no la azetees porque sonás a silencio) cual tunas
rezando, cual vulva latiendo en simposio de tristes escayolas, en algoritmos de
seno y coseno virgen.
Cianótica paradoja
escapada regurgitando semillas de celo tibio. Calzado de hierba. Pie de manzana.
Justificación autóctona de rutas híbridas que aplastan, como sapos del
atardecer, todos los sigilos de Toulouse, todas las ilustraciones de Larousse. Manzana
de luz escanciada en útero de sal. Te veo y no puedo creerlo, aunque saberlo es
merecerlo sin tortura, sin entradas de carne por dentro y gritos por fuera. Porque
sos lecho todo alrededor y sos una saliva ahumada que me inciensa el estómago
definitivo, el de rumiar la meretriz de tu palabra despedida:
puta acabada en ruta deshojada
de invierno amargo, de camión arrasada
de grillo soberbio de canto rodado
en tus cantos sobados
de puta en celo raso.
Y al llegar olvido. Peaje.
Ticket. Escupir el primer mate.
¿Lloraste alguna vez ardiendo
en la lluvia?
Me desleía el sastre
cada sorbo electo amasando, urdiendo sobre algo tenido y son y siete dijes que
tu tos acepte para el torque y el porque del as de la simiente. A tunas rezado
y con tu mazo dando, latir sin ocio seco, ritmo de algo que, en pecho y cohecho,
turgen cianópticas para dos espadas que, hurgando demencias de reloj cúbico y
cansado de yerba con piel manzana, justo acciona (autónomo de lutos frígios que
arrastran trapos del atar y ser de todo silogismo tu luz) tu ilustre mañana de
rouge descansada en un último tebeo (y no aprendo).
Crece. Aunque beberlo
es someterlo sin montura siniestrada. La carne del centro y centroforward que
gritan, porque sos techo todo alrededor y sos una sativa humeante que me
ciencia lo malo en infinitivo, el de arrumbar el mar en trizas en palabras
pedidas, fruta arrancada a punta de hoja, puto invierno mago el envión que
amasa de brillo sobre el bio de tu santo robado y tu tanto rodado, sobrado de
putas en tu cielo ocaso y, a pesar del olivo, viaje, rimmel, esculpir el primer
catre.
Empapé a la duna hirviente
hasta hacerla estallar.
Recé en el monte de los
olilvos hasta que las tunas lograron amasar (autónomo rumiar de mudas álgebras
en tus sillas). Nunca fui el esperado desequilibrio del lecho, que alrededor
del todo baila-canta-danza-salta-hierve por tu espalda iridiscente de dorados
esteros.
¿Dónde te fusilaste
ultimamente que no te veo más balas en la mirada?
¿Dónde hilvanaste la punta de
cada hoja con esa compota de puta arrancada?
Exprimir el cielo con
colorantes de uso permitido. Sacar las ollas del fuego a la par que vaciás la
pileta y tu pie se enrieda en mi techo de bizcochuelo de limón.
Vas a arruinarlo todo,
Mer, vas a llevar a un muelle tus alhajas de telgopor y vas a desafiar al
viento con tus ideas llenas de caries. Ya no soy más la fiera de tu alcance
soñado y tenés que saber que el sastre era analfabeto por parte de loro. No te
rías, Mer. No te rías más así, sin montura.
¡Luz!... ¡Luz!... ¡Luz!...
¡Luz!... ¡Luz!... ¡Luz!... ¡dame toda la luz de una sola vez y montame en tu
rouge cianóptico hasta que me desangre en llamas. ¿O no lo ves?
Crece en el monte de
los ombligos la runa que logró pasar. Autópata en un mar de puras ánimas y
millas busca, en el raspado desdén, equilibrio de helecho que almidona el todo
va, todo da, todo sal por tu helada indecente de morados letreros.
Mándeme el fusil para
ultimarme que no creo más en calas demoradas. Mándeme el detonante de la fusta
que cada rosa se comporta como puta arrastrada.
Eximir del suelo al
gigante en desuso. Secar las olas en fuego a la mar que vareás la ruleta. Y tu
fe se me entela en el nicho de cielo sabor a millón, vaso arruinado y todo. Me
voy a elevar del mueble, (tus ventajas de tela y sopor) y te voy a desdentar el
siento con mis serias penas de carne. Ya no voy a la feria de tu calce armado,
así volvés del saber, de quemarteme en alfa y betas y en partes del todo.
No delires, pez, tonterías más
de tu factura.
Pus, pus, pus, pulsame
la puta pus de luna una única vez y contame del mousse óptico hasta que se me
desgane el alma.
Yo sabré ronronear
pasándome la runa por mis olivos, por tus entelados nichos, por cada rosa de
sal marina para todo consumo humano, dice Mer, mientras mastica luces
arruinandolo todo, apagándolo todo, ruleteando escaceces a pura alhaja escupida.
¡Sobre la tía!, grita, ¡sobre la tía!,
ruge ronroneando Mer, mientras me quema sin sonrisas con aspirinas en desuso.
Yo sable, yo herida, yo
fusil, dicen los ecos que toda alfombra le ensarta en cada hoja de cada puta
con botas. Aclamo tus lutos frigios, aprendo tus tebeos rosados, dejo de
respirar tus leños al caer la noche y te veo enroscado.
Para dormir ya.
Para mi.
Desdobla mi corazón en
cuatro y lo calca al grafito mientras la aorta le chorrea helado de limón, bizcochuelo
que disimula sus frambuesas con mis coágulos más queridos. Ya no sabré escuchar
tus ladridos sin dormirme en los ocasos de esas calas demoradas. ¡Ay!...
regarlas con mi plasma y abonarla con mis glóbulos no le devolverá la letras a
tu sastre analfabeto. ¡Ya!, ¡corre por las rimas de bacalao, que acaba de sonar
el olímpico disparo y nos vamos a una tanda!...
¿Lloraste alguna vez al
presenciar tu autopsia?
¿Miento si miro tu
garganta y sospecho de tu escudo?
Yo sabré acomodar cada
silo de granos. Cada grano con pus. Cada gota de luz. Cada yo. ¿Cada cuánto vas
al pueblo?, quiero saber para pedirte una vieja colina de anís, quiero saber
porque será la última estrella que acostaré a mi lado, dijo Mer, antes de
cargar el fusil con sus seis dedos índices.
Porque una cosa es
disparar,
se,
y otra otra muy
distinta es no saber,
se,
en qué página uno caerá,
escrito.
No cabe el ruido ni cabré
en la laguna el domingo, ni en tus entredichos sobre cada cosa de mala madre o
de humo en mano. El mar miente mástiles cruces y la laguna, la laguna se ahoga,
es rulemán descalzo, una hija engrupida.
Obra sobre la mía.
Latía y ahora se hunde en Mer, que se queda que se risa que se aspira toda
en el humo. Endiosable ella, creída, imbécil, dicen
ahora los ecos. Que toma formas de carta cada hoja que depura y explota. Al
cabo disfruto, finjo, prendido a tus besos arados, tejo el explorar con el ceño
de la noche al lado.
Ara dormida.
Para mí.
Se dobla la sazón sobre
el cuarto y en la sala el rito se acorta a la hora del postre consuelo sin
azúcar en la boca como amarga la lengua temida. Ya no cabe el luchar contra el
vidrio sin hundirme en los vasos de unas damas sin morada. Preñarlas en cambio
si con mi asma y abandonarlas con los lobeznos vayan detrás del hombre
alfabeto. ¡Ya borré las cimas, acabado. Alcanzaba con soñar con el pico y sin
embargo la subimos arrastrando...
Depararás nieblas
oscuras. Depravarás los mares que se doblan ante tu hazaña. Dormirás
despertando la locura de señas amargas en cimas de asco velado. Viento de sal
metalizado en tus entrañas, que usa las noticias del día esacapando de la
asfixia suburbana, endiosada, lenta y fugaz, balde de pintura deshojado sobre
tu lengua para volver palabras invisibles de inservible compostura.
Yo te abyecto. Te
supuro en ruinas de peces de delirio dorado. Vamos a cocinar por la noche un
futuro desalentador para servir pocillos de orgasmo inmediato. Y verte brillar
cuando amanece. Despierta y en pie mientras desangras cada hilo de pasado sobre
mi tumba revuelta.
¿Llevás flores a cada descomposición sólo por esa ceguera?
El sol en lo alto y la
puta arrastrada lejos de la cima. Ambos mirando la estela de sangre y siguiendo
su pista de almizcle dulzón. Mer inclina la cabeza a Venus y su lengua abraza
piedras rodando cantos. Tomando el mazo partido llevo el morbo erecto hasta el
cráter de tu desánimo, tratando de hundir en forma infinita cada pétalo de sol varado
en tu vientre.
¡Fuera del camino!... el fin llega a su rito.
La cena está servida.
Desparramada
la clara de nieve ocupa y derrama los moldes que te pueblan de noche el mirar
desesperado, la amargura mansa, metáfora feroz de un Dios congelado. Viniendo
de vos, las mañas, las minutas de caricias se espantan como hermanas que en dos
camas llaman a la menta, haga de montura al desbocado sueño que tu
lengua ha de volver y borrar lo divisible en hermosura.
Y el
sopor de lo puro a veces, impuro a ratos. Tenerte de pie, amar de a uno tus
desiertos y sentir el frío bocado del diablo. Y verte brillar, también, cuando
oscurece, de niebla o de pura sombra de anclas cada día un poco más hundidos
bajo este sol de lejos.
¿Me das
flores cada vez o solo cuando miro?
Con voz
de mando te arrancaría lejos de la cama. Los dos cosidos a la tela, sábana de
sangre y mintiendo una risa que dice ¿viste, Mer, la cima? ¿Trataste, Mer? ¿Alcanza,
Mer? Y vos mirás de costado mi canto y resoplando das por perdido el
partido y de un sorbo perfecto armás otro ánimo, otro tratado de cómo vivir
cada segundo de sol, soldado, en mi mente.
¡Tanto
camino!... para finalizarlo en un grito.