domingo 12 de febrero de 2012

Libro / Réquiem

Sigo con la mirada clavada enfrente.
Adelante.
Como la mira de un arma de fuego.
Sin balas.
Con fuego.


Deliciosa oportunidad de volver la vida un festejo.
Hojas desenmarañadas que acosan al libro del pasado,
índices rebelados que yerran direcciones,
a propósito,
entre risas,
ocupados en delirar tiempos y espacios,
rellenos de citas a futuro, páginas indelebles,
corsos a contramano por la avenida
del olvido.

Campos de pieles sembrados,
y cosechas a la espera.
Intactas e invictas insolencias,
se ríen del miedo que vive solo
en el siempre futuro errante.
Canibalismo de la otra orilla,
derechos sinuosos a admitir
que la tierra gira aún,
a pesar,
a favor,
a recibo.
A cuenta y riesgo del donante,
vierta felicidad por todo concepto
y requiebre de cuajo
toda su apatía estacionada calcinada amortizada,
y debida
mente
inventariada a través de los siglos esmerilados
en bermellón húmedo
(por no decir sangre sin tiempo)
y escasa
mente
soportada a través de las tardes sombreadas
en gris estúpido
(por no decir nombres sin vuelos)

Entonces veo arder las páginas impares
del libro,
veo mares desesperados en las pares
que apagan llamas
buscando el equilibrio neutrospectivo,
santo grial de la mentira espantada de lunas plenas,
inquisición en desbande de memoria violada.
Abismo en mi la furia más salvajestoica
y libro equilibrio se vuelve tan pasado
como sus hojas
sin recompensas,
sin eutanasias
de editoriales minúsculas, sádicas, llagadas
de gélidas miradas suplicantes de olvido.

Deliciosa concreción de la vida como festejo.
(barrer cenizas de libro antes de acostarse)
Deliciosa comunión de arena en olas encrespadas.
(recordar olvidar con prolijidad antes de amanecer)
Deliciosa satisfacción de encuentro con sabor a danza ciega.
(recorrer pieles a discreción antes de fundirse en un solo,
único
y
maravilloso
futuro)

sábado 3 de diciembre de 2011

Inversión

Cumplimos tu deseo.
Invertir la fórmula final.
Liberamos tu cuerpo
y enterramos tu espíritu.

Ahora veo a un ángel salvaje
desgarrar y masticar tu carne
y mancharse sus alas blancas
con tu sangre roja y caliente.

Cumplimos tu deseo.
Descansa tu espíritu bajo tierra.
Veo al ángel masticarte
y tus flores son sólo sombras.

martes 27 de septiembre de 2011

La Balada de Mer Gintangí


(o cómo tunear unas medias negras hasta volverlas un aleph de bolsillo)

Texto creado por Cariátide y V. Onoff


Te digiero arrasando lágrimas.
Sos lecho todo alrededor, sobres en el piso, ya lo largo, lo ancho, lo mar de volutas como droga de sed y de mentas me olvido de sazón al llagar en silencio, toque tu voz y de gala aguanto donde esquila asible, de lisa rodable y su Mer Gintangí viciado, tomando sigilos de Toulouse en piojos de lata y rapeles corno fechas. En ser puente ando moraleja y tu misil nones en dual, quiera dormida anula gime de espanto, ¡man, te han castrado!, cánico, en pociones de cavar y pintar en paredes espalda de ciertas rectas las formas de sumisas sales riendo por la esperanza, hiel con suelo, que verdines húmeros de sexo ocurras y frenos o través, ex presiones de cavar y sangre se aliviará la reseña junco atrás, amores de oído, te hielas, noche que peña pena adentro de uno y hundía de sol compacto y recio de tunas rezado, cal entre mi arte de pena entrar a tus mojos volando la misha de ese grillo que aspa mil leguas, cité acá ripio pupila almendro, fiera de tu alcance y conocido el vino, ando caracoles (tres pares por venta de maneras, negra).
Rojo de cierto. Rojo pena. Mojo mirada. Raja sien. Rozo boca devorando albor mientas tu misa me ella cura todos los entes en mi siempre, medios negros que quisiste desnudos para partir un mazo que mordió la cama que detiene al árbol. Y ahora carne me entras, me dirás, y me son veces que te dueño y que no es un traje, no un olvido redento y rasgado, amar de sol hechas a duras rimas al ras de la nada.

Descreído del desastre y encrespado morbo erecto con mazo mordido. Árbol detenido y sol naciente, dije, que tu vos no aturde (y no la azetees porque sonás a silencio) cual tunas rezando, cual vulva latiendo en simposio de tristes escayolas, en algoritmos de seno y coseno virgen.
Cianótica paradoja escapada regurgitando semillas de celo tibio. Calzado de hierba. Pie de manzana. Justificación autóctona de rutas híbridas que aplastan, como sapos del atardecer, todos los sigilos de Toulouse, todas las ilustraciones de Larousse. Manzana de luz escanciada en útero de sal. Te veo y no puedo creerlo, aunque saberlo es merecerlo sin tortura, sin entradas de carne por dentro y gritos por fuera. Porque sos lecho todo alrededor y sos una saliva ahumada que me inciensa el estómago definitivo, el de rumiar la meretriz de tu palabra despedida:

puta acabada en ruta deshojada
de invierno amargo, de camión arrasada
de grillo soberbio de canto rodado
en tus cantos sobados
de puta en celo raso.

Y al llegar olvido. Peaje. Ticket. Escupir el primer mate.
¿Lloraste alguna vez ardiendo en la lluvia?

Me desleía el sastre cada sorbo electo amasando, urdiendo sobre algo tenido y son y siete dijes que tu tos acepte para el torque y el porque del as de la simiente. A tunas rezado y con tu mazo dando, latir sin ocio seco, ritmo de algo que, en pecho y cohecho, turgen cianópticas para dos espadas que, hurgando demencias de reloj cúbico y cansado de yerba con piel manzana, justo acciona (autónomo de lutos frígios que arrastran trapos del atar y ser de todo silogismo tu luz) tu ilustre mañana de rouge descansada en un último tebeo (y no aprendo).
Crece. Aunque beberlo es someterlo sin montura siniestrada. La carne del centro y centroforward que gritan, porque sos techo todo alrededor y sos una sativa humeante que me ciencia lo malo en infinitivo, el de arrumbar el mar en trizas en palabras pedidas, fruta arrancada a punta de hoja, puto invierno mago el envión que amasa de brillo sobre el bio de tu santo robado y tu tanto rodado, sobrado de putas en tu cielo ocaso y, a pesar del olivo, viaje, rimmel, esculpir el primer catre.
Empapé a la duna hirviente hasta hacerla estallar.

Recé en el monte de los olilvos hasta que las tunas lograron amasar (autónomo rumiar de mudas álgebras en tus sillas). Nunca fui el esperado desequilibrio del lecho, que alrededor del todo baila-canta-danza-salta-hierve por tu espalda iridiscente de dorados esteros.
¿Dónde te fusilaste ultimamente que no te veo más balas en la mirada?
¿Dónde hilvanaste la punta de cada hoja con esa compota de puta arrancada?
Exprimir el cielo con colorantes de uso permitido. Sacar las ollas del fuego a la par que vaciás la pileta y tu pie se enrieda en mi techo de bizcochuelo de limón.
Vas a arruinarlo todo, Mer, vas a llevar a un muelle tus alhajas de telgopor y vas a desafiar al viento con tus ideas llenas de caries. Ya no soy más la fiera de tu alcance soñado y tenés que saber que el sastre era analfabeto por parte de loro. No te rías, Mer. No te rías más así, sin montura.
¡Luz!... ¡Luz!... ¡Luz!... ¡Luz!... ¡Luz!... ¡Luz!... ¡dame toda la luz de una sola vez y montame en tu rouge cianóptico hasta que me desangre en llamas. ¿O no lo ves?

Crece en el monte de los ombligos la runa que logró pasar. Autópata en un mar de puras ánimas y millas busca, en el raspado desdén, equilibrio de helecho que almidona el todo va, todo da, todo sal por tu helada indecente de morados letreros.
Mándeme el fusil para ultimarme que no creo más en calas demoradas. Mándeme el detonante de la fusta que cada rosa se comporta como puta arrastrada.
Eximir del suelo al gigante en desuso. Secar las olas en fuego a la mar que vareás la ruleta. Y tu fe se me entela en el nicho de cielo sabor a millón, vaso arruinado y todo. Me voy a elevar del mueble, (tus ventajas de tela y sopor) y te voy a desdentar el siento con mis serias penas de carne. Ya no voy a la feria de tu calce armado, así volvés del saber, de quemarteme en alfa y betas y en partes del todo.
No delires, pez, tonterías más de tu factura.
Pus, pus, pus, pulsame la puta pus de luna una única vez y contame del mousse óptico hasta que se me desgane el alma.

Yo sabré ronronear pasándome la runa por mis olivos, por tus entelados nichos, por cada rosa de sal marina para todo consumo humano, dice Mer, mientras mastica luces arruinandolo todo, apagándolo todo, ruleteando escaceces a pura alhaja escupida.
¡Sobre la tía!, grita, ¡sobre la tía!, ruge ronroneando Mer, mientras me quema sin sonrisas con aspirinas en desuso.
Yo sable, yo herida, yo fusil, dicen los ecos que toda alfombra le ensarta en cada hoja de cada puta con botas. Aclamo tus lutos frigios, aprendo tus tebeos rosados, dejo de respirar tus leños al caer la noche y te veo enroscado.
Para dormir ya.
Para mi.
Desdobla mi corazón en cuatro y lo calca al grafito mientras la aorta le chorrea helado de limón, bizcochuelo que disimula sus frambuesas con mis coágulos más queridos. Ya no sabré escuchar tus ladridos sin dormirme en los ocasos de esas calas demoradas. ¡Ay!... regarlas con mi plasma y abonarla con mis glóbulos no le devolverá la letras a tu sastre analfabeto. ¡Ya!, ¡corre por las rimas de bacalao, que acaba de sonar el olímpico disparo y nos vamos a una tanda!...
¿Lloraste alguna vez al presenciar tu autopsia?
¿Miento si miro tu garganta y sospecho de tu escudo?
Yo sabré acomodar cada silo de granos. Cada grano con pus. Cada gota de luz. Cada yo. ¿Cada cuánto vas al pueblo?, quiero saber para pedirte una vieja colina de anís, quiero saber porque será la última estrella que acostaré a mi lado, dijo Mer, antes de cargar el fusil con sus seis dedos índices.
Porque una cosa es disparar,
se,
y otra otra muy distinta es no saber,
se,
en qué página uno caerá,
escrito.

No cabe el ruido ni cabré en la laguna el domingo, ni en tus entredichos sobre cada cosa de mala madre o de humo en mano. El mar miente mástiles cruces y la laguna, la laguna se ahoga, es rulemán descalzo, una hija engrupida.
Obra sobre la mía. Latía y ahora se hunde en Mer, que se queda que se risa que se aspira toda en el humo. Endiosable ella, creída, imbécil, dicen ahora los ecos. Que toma formas de carta cada hoja que depura y explota. Al cabo disfruto, finjo, prendido a tus besos arados, tejo el explorar con el ceño de la noche al lado.
Ara dormida.
Para mí.
Se dobla la sazón sobre el cuarto y en la sala el rito se acorta a la hora del postre consuelo sin azúcar en la boca como amarga la lengua temida. Ya no cabe el luchar contra el vidrio sin hundirme en los vasos de unas damas sin morada. Preñarlas en cambio si con mi asma y abandonarlas con los lobeznos vayan detrás del hombre alfabeto. ¡Ya borré las cimas, acabado. Alcanzaba con soñar con el pico y sin embargo la subimos arrastrando...

Depararás nieblas oscuras. Depravarás los mares que se doblan ante tu hazaña. Dormirás despertando la locura de señas amargas en cimas de asco velado. Viento de sal metalizado en tus entrañas, que usa las noticias del día esacapando de la asfixia suburbana, endiosada, lenta y fugaz, balde de pintura deshojado sobre tu lengua para volver palabras invisibles de inservible compostura.
Yo te abyecto. Te supuro en ruinas de peces de delirio dorado. Vamos a cocinar por la noche un futuro desalentador para servir pocillos de orgasmo inmediato. Y verte brillar cuando amanece. Despierta y en pie mientras desangras cada hilo de pasado sobre mi tumba revuelta.
¿Llevás flores a cada descomposición sólo por esa ceguera?
El sol en lo alto y la puta arrastrada lejos de la cima. Ambos mirando la estela de sangre y siguiendo su pista de almizcle dulzón. Mer inclina la cabeza a Venus y su lengua abraza piedras rodando cantos. Tomando el mazo partido llevo el morbo erecto hasta el cráter de tu desánimo, tratando de hundir en forma infinita cada pétalo de sol varado en tu vientre.
¡Fuera del camino!... el fin llega a su rito.
La cena está servida.

Desparramada la clara de nieve ocupa y derrama los moldes que te pueblan de noche el mirar desesperado, la amargura mansa, metáfora feroz de un Dios congelado. Viniendo de vos, las mañas, las minutas de caricias se espantan como hermanas que en dos camas llaman a la menta, haga de montura al desbocado sueño que tu lengua ha de volver  y borrar lo divisible en hermosura.
Y el sopor de lo puro a veces, impuro a ratos. Tenerte de pie, amar de a uno tus desiertos y sentir el frío bocado del diablo. Y verte brillar, también, cuando oscurece, de niebla o de pura sombra de anclas cada día un poco más hundidos bajo este sol de lejos.
¿Me das flores cada vez o solo cuando miro?
Con voz de mando te arrancaría lejos de la cama. Los dos cosidos a la tela, sábana de sangre y mintiendo una risa que dice ¿viste, Mer, la cima? ¿Trataste, Mer? ¿Alcanza, Mer? Y vos mirás de costado mi  canto y resoplando das por perdido el partido y de un sorbo perfecto armás otro ánimo, otro tratado de cómo vivir cada segundo de sol, soldado, en mi mente.
¡Tanto camino!... para finalizarlo en un grito.

sábado 17 de septiembre de 2011

Un puente labrado en hielo


Noche. Y la lluvia se acuesta en mis huesos.
Con un hermoso brillo, el empedrado de la calle me habla de magia y yo cruzo hasta tu puerta respirando la melancolía húmeda de una ciudad desganada.
Cruje el piso de madera. Hay oscuridades colgadas del pasillo que me van desnudando. El agua conversa tibiamente con el techo y sus años, abraza el piso luego, brilla sin ser vista, mira, muere, escapa levemente.
Paso por dos cuartos vacíos. Cosas olvidadas. Humedad. Llego al fondo del pasillo y la puerta entreabierta mira mi pelo mojado.
Entro. Mis pasos acompasan las goteras. En varios lugares el agua estalla contra el piso rítmicamente. Sentada contra la pared, tu piel blanca es un alivio desnudo para tanta oscura humedad. Tu cara cubierta por tus brazos y tu pelo por todo vestido.
Ruego por un tango, pero no hay banda de sonido. Ni viento. La noche es sólida aquí adentro. Y tu respiración.
- Acaba de irse Jesús.
Y tu voz ronca.
- ¿Qué te pidió?
- Agua
- ¿Y se la diste?
- Claro, es de él...
Nunca pude mirarte a los ojos sin sentir inquietud. No sólo son negros, son también exageradamente profundos. Y no es que me queje por caerme adentro, pero en verdad nunca supe que hay en tu fondo.
- ¿Nada más?
- Se fue. Me dijo que perdía el último tren a Madariaga si se demoraba.
- ¿Ahí está parando?
Siempre tuviste esa costumbre. En todo diálogo te salteás una frase. Siempre habrá una frase que no digas, una pregunta que no respondas. Es como una forma de dejar al otro con la idea de que algo de lo que está preguntando te resulta estúpido. Hace un tiempo odiaba eso. Ahora lo acepto como la lluvia. Como todo lo eterno.
- ¿No tenés frío?
No me importaba en verdad, pero quería una excusa para tocarte la piel.
- Sí. Pero no te  muevas. Y no hables.
Obedezco. El mundo sigue goteando. Ella respira en silencio, sin mirarme.
Escucho la puerta de entrada abrirse.
Ella alza la cabeza y me mira por primera vez. Sonríe.


- ¿Y tu ropa?
Ella se mira los brazos, como si no se hubiese dado cuenta de su desnudez.
- Ya hace demasiado tiempo que voy vestida de agua. Si me seco, me muero.
Recién veo la pared tras su espalda y el agua que baja por ella. Cómo se abraza a su piel y cómo se bifurca incontables veces recorriéndola. Sus pestañas como picos de estrellas. Sus hombros perlados. Su boca como una flor glacial enterrada en sangre.
- ¿No tenés frío?
Me imaginé abrazándola y secándola hasta su muerte blanca para satisfacer mi egoísmo azul.
- Soy el frío.
El mundo sigue goteando. Ella respira olas de humedad y mira a un horizonte desesperado.
Escucho la puerta de entrada abrirse.
Ella alza la cabeza y me doy cuenta de que no sabe pedir ayuda. 
Pasos en el pasillo, lentos.


- ¿Dónde queda Madariaga?
- A la vuelta de tu pene, pasando la placenta de tu madre, unas dos cuadras al norte dentro de tu semen.
- Uno de los pocos lugares adonde aún llegan los trenes...
- Y Jesús.
- ¿No tenés frío?
- Tocame...
Escucho la puerta de entrada abrirse.
Ella alza la cabeza y me acaricia el futuro con sus párpados. Cierra los ojos mientras suenan pasos en el pasillo, lentos.


- Soñé que estabas embarazada.
Tac... tac... tac... las goteras le ponen puntos suspensivos a mis frases.
- Te soñé parada en puntas de pie, como bailarina, en la baranda de un puente labrado en hielo. Y me mirabas esperando la orden para saltar.
Una sirena encrespada tajea la noche allí en la calle, más allá de nuestra ventana.
- Soñé que estabas embarazada y que te parías a vos misma. Por la noche me invitabas a cenar tu placenta y tu vos-hija se tomaba la teta a si misma. Los dos reíamos mucho mientras planeábamos nuestras vacaciones en Leningrado, en una casa de hielo que tu tío prometió inundar con agua tibia para que no sufras tanto. Dejabas de reir cuando me veías trenzarte un collar indio con los dientes que se te iban cayendo, congelados; yo te lo colocaba luego alrededor del cuello y vos acariciabas los dientes de a uno, con ese brillo blanco que ambos recordábamos tan bien.
- Dame la orden y salto.
- Dame el puente primero... y te abrazo.
Escucho la puerta de entrada abrirse. Los dos nos miramos pensando en la cantidad de noche y de agua que puede haberse colado desde afuera, por esa puerta, durante esos segundos. Poco falta para ahogarnos y ninguna puerta es piadosa. Suenan pasos en el pasillo, un oleaje sincero, lento y cálido.


- Es mi mamá.
La figura de la mujer alta y blanca, parada en la puerta del cuarto acalla el agua de la noche como un sol revelado en negativo. 
Sé que si dejo de mirarte puede que te vuelvas hielo de mujer y puede que el puente acabe por saltar dentro del negro de tus ojos. Pero la mujer me habla.
- Hablé con Jesús en la esquina, le pregunté por ella y me negó haberla visto. Le pregunté por el agua y me negó haberla tomado. Le pregunté por su piel blanca y me negó haberla tocado. Tres veces la negó y luego sonó un trueno lejano y pálido, como un tren que anuncia la partida. Jesús palideció y se escurrió en la noche. Vi su túnica amarillear bajó la llovizna encendida por las luces de la calle, flotando, huyendo, negando.
En otro cuarto de la casa el techo se desploma bajo el agua, litros de agua caen sobre el piso de madera y se vuelven hielo, hunden el piso y su brisa de glaciar nos llega erizándonos la piel.
- ¿No tenés frío?
En otro cuarto de la casa el granizo revienta las ventanas. Vidrio en cópula con hielo. Agua como sangre que desarma las maderas del piso. La casa sangra. Su piel de madera se retuerce sin gritos.
- Alzame. Llevame en tus brazos. Necesito escapar hasta el puente.
La mujer alta y blanca se desnuda en la puerta del cuarto. Veo los bloques de hielo avanzar por arriba de sus hombros mientras ella sonríe con gesto de hotel. Y nos dice.
- La casa de Leningrado está lista. Mi hermano acaba de inundarla en agua tibia para el parto.
Sus senos se van congelando y endureciendo, intenta sonreír y los dientes caen al piso, blancos y brillantes, sus ojos se cristalizan y estallan, los bloques de hielo derriban la puerta y la tapan.
- Es mi mamá.
Me lo decís mientras te alzo en mis brazos, con mucho cuidado de no secarte. Tu cuerpo se escurre por mi piel mientras escondés tu cabeza en mi hombro. Pienso en cómo salir del cuarto mientras el techo comienza a desplomarse bajo el hielo. Los pedazos de madera mojada me pegan en las piernas y rebotan contra las paredes. La pared acaba por caer y siento el agua rodeando mis rodillas. Tengo miedo de que te duermas antes de tiempo, pero el techo acaba de caer y el puente de hielo nace a nuestros pies, blanco, brillante y helado. 


- ¿Vas a subir?
- Voy a parir.
El tren abandona Madariaga y se hunde en el hielo de la noche. Pienso en Leningrado y en la leche helada de tus senos, mientras veo cómo tus piernas caminan hundiéndose en el hielo del puente. 
Antes de que termines de cruzar te das vuelta y me mirás a los ojos.
Desde allí.
Al fin entiendo qué hay en tu fondo.
Y al fin termino de caer.

miércoles 14 de septiembre de 2011

Medias negras

Como arrastrando lágrimas / sospechas todo alrededor, por sobre el piso y a lo largo / ancho mar de voluntades como dragas sedientas de olvido / desazón al llegar el silencio que tu voz me regala cuando / donde esquía posible, desliza probable y sumerge intangible vaciando / tomando siglos de tu luz en ojos de plata y papeles como flechas / serpenteando moralejas y sumisiones en cualquier comida azul, vorágine de espanto, mantel arrastrado, pánico, explosiones de caviar y tinta en paredes desiertas / repletas alfombras de sonrisas saliendo por la esmeralda y el consuelo, jardines húmedos de sexo a oscuras y truenos otra vez, explosiones de  acabar y san greseme nsalivará que suenan junto al jazz / flores de olvido, tinieblas, noche que sueña adentro de un día de sol con pasto y rocío de luna freezado / caliente mirarte de penetrar tus ojos violando la dicha de ese brillo que raspa mi lengua si te acaricio pupila adentro / fuera de tu alcance y cocido en vino, mirando caracoles trepar por ventanas de madera negra  / rojo desierto / rojo vena / rojo mirada / rojo sien / rojo boca devorando árbol mientras tu risa me eyacula todos tus dientes en mi vientre / medias negras que hiciste un nudo  para parir un lazo que rodeó la rama que sostiene un árbol, y ahorcarte mientras me miras y me convencés de que te sueño y que no es un trueno de olvido / sediento y dragado mar que sospechas a pura lágrima arrastrada.

sábado 9 de abril de 2011

Lan & Camila (Episodio 8)

- ¿Y la de las trenzas quién es?
- Soy yo.
- ¿Quién te hacía eso?
- Mi tía.
- ¿A qué edad pudiste matarla?
- No... pobre mi tía. Le perdoné lo de las trenzas a tiempo.
- No debiste... Sacarte fotos así era sádico.
- Cuatro años tenía, Lan...
- Igual me hubiese enamorado de vos si te conocía.
- Qué raro... tenés un día de cariño raro vos.
- No es cariño, es piedad. No te podían hacer eso... y encima sonreías, mirá...
- Y... para la foto.
- ¿Y esta quién es?
- Albanta. Creo que era una vecina que levantaba quiniela.
- Y acá, con ella, ¿estás vos otra vez?
- ¡Si!, y mirá... esa es mi tía Ruth, la de las trenzas...
- ¿Ella fue la mamá de...?
- Sí, de Lara.
Flota el silencio alrededor como una botella que se vacía.
- Ruth debió haber sido mi suegra, sonríe despacio Camila.
Lan sostiene el silencio. Enhebra la mirada gris de Camila mientras entrelaza sus dedos con los de ella.
- Hace frío, dice Camila, y Lan le aprieta las manos.
Lan deja que dos camiones desfilen arrastrándose por la ruta oculta en la niebla y le hace la pregunta.
- ¿Fue por Lara, no?
- Sí.
Camila suspira y juega con su encendedor. Mira sus uñas color plata, sus dedos que hacen pensar en una nena, su piel como transparente...
- ¿Sabés?, no me gustó verla así ese día. Supongo que me cayó mal que se ahorque. Usó el pañuelo que yo le había regalado... violeta era. Yo entré esa mañana al galpón y ella colgaba de una viga. Por la ventana sucia que tenía dos vidrios rotos se metía el sol así, muy violento, y le pegaba en la cara de costado. Estaba dura, quieta, morada, hacía juego con el pañuelo que le había regalado. Me abracé a sus piernas y estaban frías, pero las besé igual. Siempre usaba un perfume tan lindo. O era su piel... no sé, nunca supe. ¿A vos te gusta el perfume de mi piel, Lan?
- Sí.
- ¿Y sabés qué dijo mi mamá cuando le conté lo que había encontrado en el galpón?, me dijo "ahora vamos a descansar un poco, por fin". Entonces yo me quedé tranquila porque en ese mismo momento supe lo que tenía que hacer.
- Hubieses podido no hacerlo, le dice Lan mirando la ruta por la ventana.
- No... contesta Camila en voz muy baja. No, repite más alto y firme. No había posibilidad, o lo hacía o me ahorcaba yo también. Claro, ¿ves?, eso definiría mi vida. O me ahorcaba y vos ni me conocías o lo hacía y entonces mi vida sería ésta...
Lan sonríe despacio, somnolienta.
- ¿Hubieses sido capaz de no dejar que te conozca?
- Fui capaz de todo, menos de evitar que Lara se mate.
Camila prende un cigarrillo y deja que su mirada ilumine la niebla de la mañana en la ruta.
- En verdad todo se resumió a saber cómo hacerlo, porque que lo hacía lo hacía, de eso no tenía duda.
- No sé... hubiese bastado con matarla, no sé para qué tanta...
- No, interrumpe Camila, yo necesitaba el estrépito, el estallido... la muerte era lo de menos. Ella ya estaba muerta en realidad. Cuando en el galpón yo abracé las piernas frías de Lara mi mamá ya estaba muerta aunque no lo supiese. Había hecho demasiado por impedir nuestro amor, demasiado por alejar a Lara de mi, demasiado por enloquecerla... demasiado hasta empujarla a matarse.
- ¿Y solamente porque era tu prima?
- No lo sé... No creo. Me parece que había más cosas. Celos, supongo. Algo enorme, muy fuerte, despiadado. Y nunca sentí que ese algo tuviese que ver conmigo. De todas formas al llegar a ese punto ya no me importaba especular con nada, ni entender a nadie.
Suena una música muy tenue dentro del bar. Lan la escucha mientras mira el humo del cigarrillo de Camila. Luego el cigarrillo en la mano de Camila. Luego la mano... y sus ojos entornados que desparraman pasado.
- Siempre dormía la siesta por la tarde, sentada en el sillón. Era ideal. Sentada de espaldas al ventanal que salía al jardín. Preparé la camioneta y até la soga al paragolpes. Todo en silencio. Luego fue sólo llevar la soga hasta adentro y colocarla alrededor de su cuello... casi sin tocarla. Ideal también su sueño pesado y los sedantes, claro. Sentada y con la camioneta en marcha, antes de pisar el acelerador, pensé en Lara. En su sonrisa, en su cuerpo, en la piel de su vientre, en sus piernas frías... Y hundí el pedal hasta el piso. La camioneta saltó hacia adelante como gritando. Sentí o imaginé el tirón de la soga en el cuerpo y el arrastrarse por el living hasta el ventanal. Y después el estrépito de los vidrios... el estrépito... Ahí miré por el espejo retrovisor y alcancé a distinguir el bulto enrojecido rebotando contra el jardín. Y al cruzar el portón, entre los pilares de piedra, terminó de despedazarse mi mamá... cortando la soga que la unía a mi camioneta.
- ¿Te diste cuenta Camila?, fue como cortar el cordón umbilical. Muy significativo...
- Si... pero en mi caso fue bastante tarde, ¿no?
- Lo importante fue hacerlo.

sábado 26 de marzo de 2011

Tres cosas amarillas

- Sé que hay frases que nunca voy a poder escribir. Las leo en otros. Las leo en libros. Las veo. Están ahí como para recordarme su indecente honestidad acerca de mi incapacidad para sumergirme en mi propio asco.
La figura pesada de Swenson se hacía más añeja en la tarde. Afuera, el viento lamía despacio los bordes secos del tiempo y nosotros caminábamos tenues por un epílogo tácito.
- ¿Qué importancia tiene, en verdad, conocer tan de cerca nuestros propios límites?, lo dijo mirándome a los ojos, como cuando le daba algo de relieve a un tema, usando su mirada hundida para subrayar. Joven amigo, prosiguió casi risueño, nunca queremos saber qué tan sólidos son esos límites porque a mayor certeza menor vida. Si no puedo ir más allá de eso... ¿para qué?, me dirán "por todo lo demás", ¡pero todo lo demás ya lo tengo!, aunque jamás lo arañe siquiera... ya lo tengo.
Suspiró agitado. Sentíamos arrastrarse las hojas del otoño por las calles, afuera, mucho más lejos de lo que una tarde tranquila nos podría merecer. Terminé mi café y al apoyar la taza ensayé alguna palabra pero Swenson  tenía el telón del acto.
- Si hay frases que nunca voy a poder escribir entonces ya no quiero escribir ninguna otra. Lo dijo como un mantra, como un rezo monocorde. Demasiado cierto para ser verdad. Y agregó. Porque todo no será más que el remedo de una palidez absurda, el consuelo... y en el consuelo no hay arte alguno. 

Abandoné su casa tarde en la noche. Me despidió de espaldas, en su sillón, hundido en un silencio que cobraba formas diversas, ninguna amable. Caminé por las veredas desiertas respirando el aire frío, pensando en Swenson y el vacío triste de sus murallas impenetrables. 
Tres días más tarde, leyendo el diario durante mi desayuno, me enfrenté a la paradoja de sorprenderme por mi ausencia de sorpresa ante la noticia de su suicidio. ¿No era de algún modo lógico? Ninguna búsqueda debería ir más allá de lo que uno está dispuesto a pagar. 
El precio de todo es todo, creo que le escuché decir a Swenson alguna vez. 

martes 22 de marzo de 2011

El juego del canario y el dragón

como deshacer tu pelo
en medio de nubes
como desarmar los riesgos
en tubos de aluminio narcotizado
regar las calles con la sangre
que doblaba cuando me ungías
miembro
que regaba cuando me partías
y siembro
tus células de plástico que no ven
los campos de tu voz alta
cayendo en pozos de mi
silencio
aturdido
desmañado
como el batir de camas
entre los restos del acero ansioso
como tu bata de escamas
desgarrando mi piel de esquirla
sabia gris y angustia de despieces blancos
toda esmaltada de polietileno hueco
llegaste al aire de mi vientre
con dos juegos de relojes
oxidados
midiendo
ahogando
cociendo
cada mirada de cada beso y por cada fragancia
y aún así
aún a pesar de los mirlos de escarcha
que vivían en tus senos
y aún pesando la batalla
que cada beso descoloca en cada sexo
llegaste corriendo al fin
al fondo
a mi
y te quiero

sábado 19 de marzo de 2011

Cinco cero uno

Da la vuelta.
Voy a tomar revancha.
- Todo no es más que un horno que anda mal. Muy mal.
Vas a tener que quererme desnudo,
si me querés.
Te miré a los ojos contra el mármol blanco. Tus pupilas se entregaban dentro de tu cuerpo al fragor del calor y el óxido básico de nuestras lunas amaestradas.
- Cinco de enero, me dijiste. El año de quemar las pieles de animales mutilados, agregaste sonriendo.
Por esa calle y por la vuelta. Necesito que vuelvas a pasar por ahí. Necesito tomar revancha.
Vas a tener que besar mi muerte,
si me matás.
- Comprar el pan y... ¿algo más?, se te caían las escaleras de barro cuando pestaneabas así. ¿Algo más?, se te cerraban los pechos y el incienso te volvía de nylon gris.
Yo necesito coros de algas marinas cantando debajo de nuestra cama. Pero primero necesito una cama. Y un nosotros. Porque vos estás ocupada bordando tu nombre con hilos de oro en el revés de tus párpados. Te obsesiona olvidarte. Te apasiona silenciarme. Los coros inundan de agua las sábanas y mientras vos reís yo me asfixio por cada una de las veces que no te conozco, que no existís, que no cantás.
- Cinco de enero, y suspiraste. Siento las horas cayendo en fosas marinas y cada caer es un detenerse que me detiene sobre vos. Sobre tu horno. Sobre el pan que no queda... y se te cercaban las vidas pasadas en cada oscilar de tus pezones bajo la remera. Me mirabas mirarte. Te mirabas mirada y supiste que te imaginaba enterrada en sal.
- Entonces da la vuelta. Necesito tomar revancha.
No sé nada del río en el que siempre nado. Sólo se me da muy bien eso de naufragar.
Sé que soñás con tu agua inundando mis pulmones y sé que despertás en medio del espasmo... buscando el vaso de agua en la mesa de luz (el agua de la luz, como si abrieras los ojos y sonrieras al mismo tiempo). Y sé que me mirás pensando que, si respiro, esas lágrimas que se desmayan por tu cara son ciegas, esas caricias son sordas y todo tu cuerpo está mudo de mi.
Por esa calle y por la noche, caminabas descalza en la soledad de tu entierro. No hay coros. No hay algas. Pensaste en dar la vuelta por si acaso sigo respirando. Y por si acaso el pan... y el horno, ¿no?...
Vas a tener que despertarme,
si de verdad me amás.

domingo 5 de diciembre de 2010

Recorta flores de sombra y sonríe

Estrella baila y canta.
Salta sobre el universo y gira en cuadrados imposibles.
Le toca el hombro a Dios y se sonríe por el color de su mirada.
Enciende los prados del grito ausente y le da de comer a una bandada de aromas inconclusos.
Ríe.
Duerme sin saberlo y sueña almohadas de otros.
Dobla precipicios y los lleva en sus bolsillos mientras hace la cola del banco.
Almuerza tormentas de sol encrespado y, cuando se nubla sobre las avenidas de terciopelo, va en busca de las suaves lluvias que caen dentro del subte.
Estrella se sienta a charlar con el olvido hasta que él llora melodías de nostalgia mientras ella busca una receta de lemon pie, asustada por tanta lágrima necesitada de dulce.
Quiere que Dios la mire desnuda y se enamore de su vientre, arado de primaveras y sones brillantes.
Se asoma por balcones y derrite rejas sin que las pupilas le dejen soñar con nubes ajenas.
Estrella se deshace de sus manos y las guarda en el freezer, junto al helado de frambuesa y sobre tres de sus madres envueltas en film autoadherente. Anota luego en un cuaderno cuál era la derecha y cuál la izquierda, segura de olvidarlo y temerosa de su total ignorancia política.
Por las noches, los carros de los ángeles no la dejan dormir y ella se asoma por el cuarto cajón del ropero a gritar canciones destiladas de efervescencia hasta que el último de los carros vuelca. Y regresa a la cama.
Recorta flores de sombra y sonríe.
Vuelve a su útero cabalgando un incendio tímido y tira las llaves de su esperanza en un lago, mirando feliz al cielo para salir en alguna foto satelital del Google Earth mientras trata de recordar si se lavó los dientes.
Estrella puede desarmarse en ciento treinta y dos triángulos de sabor vainilla.
Y correr. Admitir que no tiene amigos ni bombachas. Y arder. Conocer qué sueña Dios cada noche. Y olvidarse dónde dejó las manos.
Integra un coro de grillos que le cobran cuota mensual y la discriminan por ser alta y no tener alas hasta hacerla llorar. Luego canta a través de las lágrimas y los barcos viran ciento ochenta grados regresando cada uno a su primer amor.
Ríe. Otra vez. Siempre.
Necesita un globo aerostático y seis cuchillos para hacer un ritual que aprendió en la televisión pero, como cree que el viento es el demonio, no está dispuesta a prostituirse y prefiere cenar budín de arroz, dejando la magia para cuando el demonio ya haya muerto.
Estrella quiere salir de los diarios y llevarse a la rastra a todas las letras y fotos a un casino para jugarle al treinta y uno. Le prometió a la hache que si gana le pagará su terapia de rehabilitación para que deje de ser muda. Por eso compra el diario y se da baños de inmersión con ellos.
Su alma está cosida de espantos y sinceridades.
Por su boca se llega a un paraíso equivocado.
Y por sus ojos
a un paraíso perdido.

viernes 17 de septiembre de 2010

Vuelo, dije

Me acariciabas
la espalda
y tuve miedo
de que notes
que mis alas ya no están.
Rotas.

domingo 29 de agosto de 2010

Lan & Camila (Episodio 6)

El camión se arrastra despacio sobre la ruta.
Varios kilómetros más adelante Camila se pinta la uñas dentro del auto. Lan mira el reloj. 
- ¿Te acordás de todo? 
- No, mi memoria tiene unas tijeras salvajes. 
- No te pregunto por tu infancia, sólo por lo que tenés que hacer. 
- ¿Ahora? 
- Si. 
- ¿Cuándo se me sequen las uñas? 
- Cuando te subas al camión. 
- Coger. 
- ¿Y antes de eso? 
- Pero Lan… ¿y si no le gusto al camionero? 
- Los camioneros se cogen hasta un cactus, no podés fallar. 
- ¿Por qué decís eso?... yo me depilé. 
Lan la besa en el cuello. La recorre con la lengua. Luego vuelve a mirar el reloj y la ruta. 
- No podés fallar. 
- ¿Y si es puto? 
- No hay camioneros putos. 
- ¿Cómo sabés? 
- No es que lo sepa, es genético. 
- ¿Tienen gasoil en la sangre? 
- Y arterias de caucho… creeme. 
Camila cierra el esmalte y se mira las manos. Suspira. El brillo de sus uñas interrumpe el negro del tapizado del auto. 
- ¿Y si fuera una camionera?, no me vas a decir que no hay. 
- Entonces más te vale que sea lesbiana. 
- Te vas a poner celosa, como la otra vez. 
- No me interesa, de todas formas no sale viva del camión. 
El sol se descuelga cerca del horizonte y la piel de Lan es anaranjada. Camila mira sus labios. Rojos. Húmedos. Cierra los ojos y los besa en su mente. Siempre imaginando el último beso como el cuchillo más incómodo de todos los clavados. 
- ¿Y si me enamorara de ella? 
- Sería un breve y trágico amor, Camila. No te lo recomiendo. No es para vos. 
- ¿Y si te matara para defenderla? 
Lan la mira durante largos segundos. Camila la mira pidiéndole un beso urgente que no llega. 
- Tendrías que hacerlo ahora, después no podrías. 
Corre un auto sobre la ruta, llevándose fantasmas de polvo y calor. El olor al esmalte se diluye lentamente dentro del auto. 
- Breve y trágico… no me cae tan mal. 
- Camila, vos necesitás tiempo para entender las cosas, si vivís algo breve no lo llegás a entender, después te tengo que estar explicando qué fue lo que pasó. Y no tengo ganas de ponerme a explicarte un amor breve y trágico en medio de un robo a un camión y mientras me deshago del cuerpo de tu breve amante camionera y lesbiana. Todo tiene un límite. 
Camila se recuesta contra el asiento. Cierra los ojos y se acaricia las piernas. 
- No sería más que un acto de amor de tu parte… yo sabría valorarlo. Y agradecerlo. 
Lan toma el revólver apoyado entre sus piernas y coloca el caño en el cuello de Camila. 
- Yo no puedo darte un amor breve, pero sí uno trágico si lo querés… 
Camila sonríe. 
- Todo lo que venga de vos me enamora, Lan. 
- ¿Incluso si es una bala? 
- Si es tu mano la que me la da… 
Lan alcanza la palanca al costado del asiento y reclina a Camila. Luego se sube encima de ella y tomando el escote de su vestido con ambas manos lo desgarra. Camila sostiene el revólver contra su cuello. Lan comienza a morderle los pezones mientras sube su mano buscando el cuello de Camila hasta alcanzar la mano que sostiene el revólver. La rodea con suavidad y llega hasta el dedo índice de Camila que descansa en el gatillo. 
Camila siente llegar el orgasmo. 
El sol rueda sobre el horizonte. 
El camión pasa cerca del auto mientras Camila grita su segundo orgasmo.

lunes 23 de agosto de 2010

Entendeme II

No puedo volver
la vista atrás
sin arrancarle los ojos
a lo que aún me mira.

domingo 8 de agosto de 2010

Entendeme

Vienen por detrás.
Con la lenta seguridad del que conoce el futuro.
Sentir manos cerca del cuello. Y no saber si acarician,
ahorcan
o avisan.

En todo caso sera hora de
mirar el reloj
y hacerse a un lado de la vida ansiosa,
desesperada,
urgida,
necesitada de sobresaltos,
de gestos de miedo
y de beber nuestra adrenalina
usando nuestros ojos como
cubitos de hielo.

jueves 15 de julio de 2010

A Vos

A veces,
cuando te amo,
siento que el pasado es lo que está por delante,
y que el futuro
fue ese cuento que escribimos
sin acentos,
esquivando la sintaxis de nuestras pieles
y con diálogos premiados
por el absurdo más ciego.

A veces,
cuando te extraño,
releo las llagas de tu piel
desvestidas en un par de sonrisas simples,
y juego,
con mis corazonadas en las manos,
a que no puedo volver la mirada atrás
ni reescribir el cuento maldito
que ya aprendí de memoria.

domingo 20 de junio de 2010

Lan & Camila (Episodio 22)

- ¿Quién era que se casaba?
- Tu prima, Camila.
- Ah. ¿Cómo la distinguís?
- Es la chica de vestido blanco, con un peinado imposible en la cabeza.
- Ah. Siempre es blanco el vestido, ¿no?
- Ya sabés. Si cuando vos te querías casar jodías con el vestido blanco.
- ¿Te gustaría que nos casemos?
- No.
- No… si, ya sé. Además, ¿cómo sería?, ¿las dos con vestido de novia?
- No sé. Pero yo no me pongo traje de macho, nena. 
- ¿Vos también soñás con el vestido blanco?
- No sé… 
- Me hubiese gustado que sueñes.
- Me hubiese gustado seguir durmiendo. Hoy, por lo menos.
- Además, con esos vestidos… ¿dónde llevaríamos el revólver?
- Por eso, ¿ves?, el casamiento no es para nosotras.
- Mirá… ahí entra. ¿Por qué camina tan despacio?
- Porque no tiene apuro.
- Se le caen las lágrimas… ¿le dolerá algo?
- Puede ser… en una de esas las flores de la cabeza se las clavaron.
- No creo. Vos entendés poco de emociones, Lan.
- Puede ser. Por eso estoy al lado tuyo.
- ¿Para entender?
- No. Para no sufrir.
- ¿Lo viste al cura?
- Si, está ahí parado, el de negro.
- Ya sé. Te pregunto si lo viste bien. Está fuerte.
- Dejate de joder.
- En serio… ¿nunca soñaste con un cura?
- No. Apenas me imagino desabotonando una sotana de esas y se me va el entusiasmo al carajo.
- Si… pero andá a saber qué hay abajo.
- Un santo pito.
- No blasfemes, estamos en una iglesia.
- No blasfemo. Tienen pito.
- Pero no es santo.
- Si se lo bendicen, sí.
- ¿Se bendecirán el pito?
- ¿Y para qué?
- ¿Qué sé yo?... antes de mear, por ejemplo.
- Ah, y después si hacen en un arbolito todo florece…
- ¿Viste esas cabinas de teléfono?, ¿para qué las tendrán?
- ¿Qué cabinas?
- Las de ahí al costado.
- No son cabinas de teléfono. Son confesionarios.
- Ah… ¿y para qué son?
- Vos vas ahí y le contás tus cagadas al cura y él después se las cuenta a la cana.
- Bueno, ¿ves?, al final son como teléfonos. ¿Y te cobran?
- No, Hasta ahora no te cobran por delatarte.
- Qué raro… porque al fin y al cabo es un servicio.
- Beneficios de la modernidad, nena.
- ¿Te imaginás, Lan?… Si nosotras nos casáramos, ¿quién vendría a vernos a la iglesia?
- Nadie. Bueno, no… si la invitamos, la policía.
- Y en vez de anillos nos ponemos las esposas.
- Algunos opinan que es lo mismo.
- No, las esposas son más grandes.
- Si, y cocinan guisos.
- Me estoy aburriendo, Lan.
- Es tu prima.
- Pero eso no es mi culpa. 
- Tampoco mía.
- ¿Le vamos a disparar a alguien acá?
- No creo, la madrina tiene un vestido horroroso, pero no es para tanto.
- ¿Vamos a robarnos algo?
- Yo puedo robarme al novio.
- ¿Qué harías?
- Le mostraría las tetas cuando pase de vuelta y le robaría el corazón.
- No creo… mi prima tiene más tetas.
- Yo tengo dos. ¿Cuántas tiene ella?
- Me mataste, nunca se las conté.
- ¿Ves?, a vos se te escapan todos los detalles. Por eso me necesitás al lado tuyo.
- Es verdad, Lan… Besame.
- No puedo. Cristo me mira.
- No pongas excusas. Cristo está en otra cosa. Besame.
- No puedo. Me imagino que me revolean una hostia de canto y se me clava en la frente, no puedo.
- Al final… le tenés miedo a Cristo.
- Nadie es perfecto.

sábado 29 de mayo de 2010

Profecía de un útero en carnaval

- Hola, Mamá. En nombre de tu Dios, dejame vivir donde quieras.
- ¿Quién quiere un Dios, o dos, o una limousine plateada esperando en la puerta?
- Haya sido, madre, algún vulgar poeta olvidado de la mano de la dicha rebelde que ha sido...
- Siempre lo mismo.
- ¿Siempre lo mismo?
- Ya lo dijiste.
- ¿Y soñaste que te ahorcaba con el repasador?
- No hay noche en la que no despierte. Habrá olvidos, habrá simpatías, habrá incluso fiestas de esas en las que armamos rompecabezas y lloramos como si nunca hubiera pasado aquello, pero no hay noche en la que despierte virgen de lágrimas.
- Mamá, ya fuiste a que te bendigan y volviste ahogada por una aurora llena de profecías de carnaval. Que todos vamos a morir. Que volverías a nacer sólo para escupir en el útero de tu madre a tiempo.
- No repitas palabras sagradas a esta hora, sabés que duermen los ángeles y nadie vigila la mala suerte de nuestro egoísmo. Y vos me ahorcabas. Puede que despierte a tiempo, pero no suelo olvidar a tiempo.
- Armaría en dos o tres breves instantes algún rompecabezas que incluya a tu juventud alada sobrevolando el barro, pero faltan tantas piezas que apenas si llegamos a un par de ventanas y estanterías de almacén. Cielos ya no quedan.
- Cielos ya no quiero.
- Armaría bajo la lluvia... esa, la del vulgar poeta, la del cielo gris, la del...
- ¡Y un carajo!, callate esas palabras a esta hora.
- Siempre lo mismo.
- Y vos me ahorcabas.
- Probemos con alguno de tus repasadores.
- Están para lavar.
- ¿Todos?
- No...
- ¿Cuál no?
- Encontralo. Toda muerte hay que encontrarla.
- Como los rompecabezas. Como los días y las horas para armarlos.
- ¿Amarlos?
- ... profecías de carnaval. Y lo que te costo ese viaje.
- ¿Y?
- Y que si volvías al útero no te iban a dejar pasar la placenta por la aduana.
- Nunca te pedí nada. Ni un favor.
- Nunca me pediste un beso. Ni ardor.
- Vos me ahorcabas.
- Dejame respirar y vivir en donde quieras. Con auroras tropezás a cada parpadeo de la razón. Es muy tarde ya para buscar repasadores.
- No me acuses de esconder nada. No puedo absolverte de la culpa de no buscar. Cumplir tu sueño o el mío... no hay diferencias, pero a mi dejame en la tan breve dicha de una sola ventana. Cerrada.
- ¿Cuál es la ventana del útero?
- ¿Qué importa si está cerrada?

viernes 30 de abril de 2010

Lan & Camila (Episodio 26)

- ¿Te das cuenta, Lan?, ese tipo detrás de la barra está ahí, vivo, y no sabe que va a morir hoy.
Lan mira hacia la puerta, revuelve el café y le sonríe.
- En serio… ¿en qué piensa ahora?, ¿qué piensa hacer?... ¿Tiene sentido que esté perdiendo el tiempo así? Tu revólver tiene su respuesta y él no hace la pregunta, ¿entendés?
Lan desvía la mirada al piso.
- Camila, ¿por qué estás tan segura?, puede ser cualquiera.
Camila fuma. Se cruza de brazos.
- Sabés que no. Nunca somos nosotras, siempre son ellos. Siempre lo van a ser.
Lan se ríe y acaba el café. Le agarra la mano a Camila y la mira.
- No me hagás decir frases pelotudas. Sólo la vida sabe quién muere hoy acá. Nosotras sólo tenemos nuestras mejores intenciones, pero eso no es infalible.
Camila se mira la mano enlazada. Acaricia la de Lan.
- O sea que… o sea que todo puede estar resuelto y escrito y nosotras con una esperanza inútil.
- Inútil no. Qué sé yo… algo hay que tener, una no puede andar por la vida sin esperanzas.
- ¿Y si la desorientamos?
- ¿A quién?
- A la vida.
Lan la mira fijo. Iba a sonreir pero se queda seria.
- ¿Si?... ¿cómo?
- Supongamos que la vida ya sabe quién tiene que morir hoy acá. Pero lo supone a partir de saber qué es lo que vamos a hacer nosotras y qué va a hacer él. 
- ¿Y?
- Y si mezclamos todo puede ser que ya no sea lo que iba a ser.
Lan se tira hacia atrás en su silla. 
- Pero eso también se puede ir en contra de nosotras. 
Camila la mira a los ojos.
- Sí, claro… ¿Y no fue eso siempre lo que más nos excitó?
Lan corre el pocillo de café y se inclina sobre la mesa hacia Camila.
- Yo sé cómo.
El rostro de Camila se ilumina. Los ojos le piden a Lan que hable.
Lan saca el revólver y lo pone sobre la mesa. Abre el cargador y saca todas las balas menos una.
Vuelve a colocarlo sobre la mesa. 
Ambas se miran a los ojos.
- ¿Entendés?, sonríe Lan.
- Ruleta rusa…
Lan asiente con la cabeza.
- A partir de que empecemos a jugar, la vida ya no va a saber quién tiene que morir. Todo es muy rápido para rehacer lo escrito, en cada gatillo todo cambia.
- ¿Y él?, Camila señala con la mirada al tipo detrás de la barra.
Lan toma el revólver. Hace girar el cargador. Aprieta la mano de Camila. Se gatilla. 
Se lo pasa a Camila.
- Me llevaría para siempre la mirada de tus ojos cuando aprestaste el gatillo…
Camila toma el revólver. Hace girar el cargador. Apoya el caño en su boca. Gatilla.
Se lo pasa a Lan.
- ¿Sabés en qué pensé?... en mi dentista…
Lan se ríe. Toma el revólver. Hace girar el cargador. Apoya el caño en su boca. Gatilla.
Se lo pasa a Camila.
- Camila, decime que aguantaste la respiración.
- No puedo, me da hipo.
Camila toma el revólver. Hace girar el cargador. Apoya el caño en su boca. 
Lan le toma la mano con el revólver y la desvía de la boca llevando el caño hacia atrás de ella, calculando de espaldas la ubicación de la barra. Camila gatilla. La bala destroza el cristal detrás de la barra.
El tipo escucha el estruendo agachado mientras saca una botella de la heladera. Se tira al piso.
Lan y Camila escapan atravesando la puerta. Corren por la vereda hacia el auto, de la mano.
- No entendí... al final. ¿Lo conseguimos?
Lan cierra la puerta del auto mientras arranca. Acelera, toma a Camila del cuello y le muerde los labios. 
- Siempre.

domingo 28 de marzo de 2010

Mentira, es sangre

¿Cómo sabíamos que la sonrisa aquella acabaría por destruir los dientes blancos, la boca y los labios mismos que nunca llegaban a explicar la sonrisa aquella?
Ensancha, abarca, desborda, inunda. Y después ver los pedazos rotos, iluminados al brillo de los labios púrpura, los dientes blancos tan blancos.
Alguno de esos dioses de piedra nos debe haber prestado un oportuno deseo de soñar. Algún miércoles. O un jueves, quizá. Hacía calor sin sol, había días sin voces.
Basta mirar hacia adelante para ver que hay fin. "- Yo no llego a la noche", me dijiste temblando. Y nunca vi ojos más azuletales que tus ganas de sonreir sin boca ya.
Sin dientes.
Decirte nomás que aunque la ciudad cierre y las calles enrollen todas sus ensaladas de tomate (mentira, es sangre y siempre lo supimos) en un freezer olvidado de Dios, el circo no va a partir nunca más.
Yo desarmé su carpa y asesiné a todos sus leones cantandoles tangos de nostalgia exagerada. Yo me llevé al elefante a tomar un café y ahora trabaja en un call center para pagarse la prótesis de marfil reluciente.
(Otra sonrisa que explotó antes de tiempo.)
Basta de mirar hacia adelante. Que el fin se las arregle, siempre se consiguen entradas de última. No puedo dejar de mirar tus ojos que no dejan de mirarme. Y todo tiembla.
Y llega el viernes.
Y algún dios de piedra pasa a cobrar. Y nosotros sin soñar aún.
La ecúyere mira la carpa desarmada y llora. El tigre me pide el libro de quejas. Jaulas vacías como metáforas de una libertad a la que le dimos la espalda (mentira, nos reímos en su cara y ahora los barrotes se nos clavan en las encías).
El mago me mira desde lejos y las nubes anuncian tormenta.
Una más.